Padecía una enfermedad congénita. Era completamente transparente.
Al tacto, su piel era igual que la de cualquier ser humano, pero nadie se atrevía jamás a tocarla.
El asco y el miedo a hundir los dedos, atravesando poros, llegando a tocar tendones, músculos, venas... podía más que la curiosidad.
Nadie se atrevía a tocarla.El asco y el miedo a hundir los dedos, atravesando poros, llegando a tocar tendones, músculos, venas... podía más que la curiosidad.
Pero la golpeaban cruelmente con miradas de bordes afilados por la ignorancia.
Su madre le declaró rabiosamente, la guerra a la realidad, y le cubrió desde el nacimiento cada milímetro con telas insoportables, sombreros imposibles y densos maquillajes hipoalergénicamente dolorosos.
Ella le temía al verano. El calor le provocaba el llanto desconsolado, y las lágrimas refulgían tan brillantemente que si caían en el vacío, podían brillar durante siglos, como estrellas extintas.
Su madre le declaró rabiosamente, la guerra a la realidad, y le cubrió desde el nacimiento cada milímetro con telas insoportables, sombreros imposibles y densos maquillajes hipoalergénicamente dolorosos.
Ella le temía al verano. El calor le provocaba el llanto desconsolado, y las lágrimas refulgían tan brillantemente que si caían en el vacío, podían brillar durante siglos, como estrellas extintas.

