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18 de octubre de 2008

Para Amit de Rajastán

Niños risueños en Orccha.
Niños de Orccha.



Nieta y abuela, vendedoras de rakhis, en Gwalior.



Fatehpur Sikrit




Querido Amit:

Ya hace meses que regresé, y créeme que el haber estado en tu país, aunque me repita en los tópicos, me ha cambiado un poco.


Como en el perfume, la fórmula magistral de mi alma ha cambiado en su composición, y mi vida ya no huele igual. De hecho, antes de pasear por Delhi, mi nariz no servía más que para sostener mis gafas. Incienso, excrementos de vacas, tan famélicas como sabias y condescendientes con los que no conocen su importancia, ricas especias, samosas recién hechas, vapor y espesa humedad arrancándole rugidos al asfalto, esencias de fe en cada esquina, aroma, hedor, vida, muerte, música, llanto,...


Basta una molécula en sentido contrario al orden "natural" en mi casa occidental, para que todo lo que conocía me parezca ahora un mundo de atrezzo.


Me he resistido a escribirte esta carta, ya que cuando bajé del avión en Madrid, sentí la punzada terrible de la transformación profunda de quien sabe que ha dejado más de un fragmento, que aún servía, de corazón en las calles de Varanasi, y no es que no pueda latir correctamente, es que si no se padece de ceguera aguda en el espíritu, no se debe permitir que la vida y la conciencia sigan su curso normal, como si nada se hubiera visto, como si nada hubiera pasado.



Preferí sumergirme en mi normalidad de autómata y asepsia. Preferí hablar de mi viaje como una visita turística más, con souvenirs absurdos en la maleta, como la enorme y pesada colcha, sí, preciosa, que compré en Jaipur.

Preferí mirar las fotos e imprimirlas en un centro comercial, para marcar distancia entre mis circunstancias y las de esa parte del mundo donde se va a observar lo que ocurre, como quien se sienta en la butaca de un cine, y cuando termina la película, desconecta del argumento, y sale de la sala, aún cuando no han terminado los créditos en la pantalla...

Preferí mantenerme "limpia" de todo sentimiento, de toda pasión, y lavar toda la ropa para que no oliera a remordimiento de niña acomodada a quien lo que más le preocupa es el sobrepeso.

Preferí no pensar, o pensarlo en otro momento. Como ahora.


Desde la distancia, a miles de kilómetros de tí, recuerdo con ternura tu sonrisa amplia, tranquilizadora, cuando mi gesto se volvía desconcertado, asustado quizás. Me explicabas en difícil español todo cuanto quería saber, sentir, oir, saborear...


Atravesamos caminos, de puntillas, rápidamente, dejando atrás muchas miradas a través de los cristales. Todos nos saludaban al pasar: ¡namaste!. Quizás daban la bienvenida. Quizás se despedían. Se despedían de mí para siempre.


Ya soy incapaz de verlo todo, si no veo las fotos, cuando me piden narrar mi día a día, de Delhi a Varanasi, mi emoción contenida ante ese enorme mausoleo marmóreo de Agra o la alegre conformidad que se respiraba en la ciudad rosa de Jaipur.


Pero sueño con las voces de los niños de Orccha. Me desvela el recuerdo de sentirlos, y no haber cogido más manzanas en el hotel para ellos, de no haberles comprado todas las postales que me ofrecían en cinco idiomas diferentes, de no prestarles más atención, de no abrazarlos más, de no intentar regalarles parte de mi infancia,...


Aunque después me asaltan pensamientos confusos, amigo mío. Ellos no querrían una infancia estándar. Ellos no querrían occidentalizarse y volverse débiles e impresionables, como yo, como todos los que vivimos en esta parte del planeta.


Eso es justamente lo que tú querías decirme, ¿no?. Puede que llegue a entenderte. Pero pasará tiempo hasta que no me afecte no poder hacer más para evitar que al menos nadie allí pase hambre.

Sin duda, allí aprendí a reflexionar, y hacerme preguntas reales, auténticas, útiles. Me asusta volver a la frivolidad absoluta, y pudrirme. Me asusta no volver a verte. Sé que no volveré a verte.



Quisiera volver a sentir el caos de La India, hasta acostumbrarme a él, para así llegar al perfecto equilibrio en mi existencia. Quisiera perderme entre el ruído de cláxones pidiendo paso, ensordecedor estruendo que prefiero al silencio hipócrita de otros lugares.



Te pido que no me olvides, que no nos olvidéis a los del primer mundo, que así llaman a mi hogar, donde me cuesta echar raíces aún, ya que aquí el suelo, y todo, es poco profundo. Y que de vez en cuando le ofrezcas a Ganesh una caléndula por nosotros, para ver si vuelve el alimento que nos falta, la fe.


Yo por mi parte, aguardaré al próximo festival de Rakhi, para enviarte una cinta de hilo azul para tu muñeca. De hermana a hermano, Amit.











1 comentario:

Anónimo dijo...

Debe impactar viajar a La India, sin duda.
Un beso.