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25 de septiembre de 2010

Solos o en compañía, la poesía siempre duele

Es obvio que, debido a mi edad, no he tenido quizás el tiempo suficiente para vivirlo "todo" en esto del mundillo poético y de las editoriales. Evidentemente me falta mucho por vivir y por sufrir (y también por disfrutar), pero creo poder afirmar que sí que tengo cierta base que creo suficiente para empezar a aprender a defenderme.
Desarrolla una la habilidad de leer entre líneas, ir más allá de las sonrisas, los halagos y las palmadas en la espalda.
Hace unas semanas leía la opiníón de un buen amigo y magnífico escritor, acerca de un escrutinio libresco que él suele hacer en una publicación de índole literaria y en línea.
Ahí, para mi agradable sorpresa, aparecía mi obra, mi humilde obra de poeta recién llegada, que no muestra signos ni síntomas de estar construyéndose aún la coraza que veo, y contra la que más de una vez me he casi roto los dientes, alrededor de otros y otras poetas.
En este escrutinio, mi amigo, al que debo mucho y al que admiro aún más, se equivoca un poquito.
Pero aquí estoy yo para sacarle del error.
Pero no sólo se equivoca un amigo, quizás se equivoque más de uno, y yo misma en miles de ocasiones, ya que soy imperfecta como nadie.
Y paso ahora a explicar el porqué de esta entrada al blog, una de esas de "cabreo con el mundo y el mundillo" de las que hacía tiempo que no escribía.
Resulta que desde hace un año y medio, aproximadamente, tengo la suerte de estar en un proyecto maravilloso, CVA Ediciones, La Compañía de Versos Anónimos.
Es una editorial que se inventó Víctor Alija, un chaval de Cádiz, afincado en Granada, poeta, pintor y fotógrafo, que quería construir un sueño, un loco sueño.
Su trabajo no es el de editor, sino el de comercial en una empresa que nada tiene que ver con la literatura. Y este dato le hace tener aún más mérito si cabe, por las horas de sueño y tiempo libre que invierte en maquetar los manuscritos, en buscar portadas maravillosas, en tramitar los ISBN, etc. Una labor admirable de la que muchos y muchas abusan en muchos casos, pero esa es otra historia.
Víctor y yo nos conocimos hace muchos años, en Frontera Sur, un encuentro de jóvenes escritores, en Vejer de la Frontera, donde coincidimos con Argüez, Pepa Parra o Alejandro Luque, entre otros.
Después de eso, en 1998, no nos volvimos a ver, ni a saber nada el uno del otro.
Un día, una amiga de Jerez me habló de un chico que tenía una pequeña editorial.
Yo tenía un manuscrito, un poemario, mi tercer libro de poemas en concreto, y tras varias decepciones con otras editoriales, y contratiempos traumáticos con gente equivocada en una antología estrafalaria, por lo menos, de la que pese a todo, no me arrepiento de haber coordinado, ya que mis intenciones eran limpias, y recojo aún los frutos, decidí enviarle a este chico mi preciado manuscrito.
Parece que le gustó, parece que me aceptó.
Y ahí empezamos una relación de editor-autora, que, lejos aún de la amistad, no dejó de depararnos más de un quebradero de cabeza.
Lo de ser amigos realmente llegó después, con el tiempo, cuando nos embarcamos en un proyecto casi común (y digo lo de casi, porque la editorial es suya, y sólo suya).
Ahora es cuando me refiero al error de mi amigo, y su opinión y punto de vista acerca de las relaciones entre los autores de la Compañía de Versos.
La visión de mi amigo, desde la actualidad, es la de un grupo de amigos poetas que se publican los unos a los otros, no digo que sin criterios de calidad, pero sí con el hilo conductor del vínculo amistoso.
Pero, ¿en qué editorial no se cumple, aunque de forma velada, este tipo de parámetros? De hecho, en muchos círculos sólo se publica a los mismos que forman parte del mismo, son los elegidos, con obras casi calcadas unas de otras, dentro de la misma "línea editorial" (dudosa).
Cuántas veces se ha especulado acerca de los, dudosos también, criterios en los concursos literarios, etc.
Yo también he visto y he oído muchas cosas. Unas me han repugnado, otras, sencillamente, las he ignorado por increibles y dolorosas.
He visto, alucinada, cocerse ediciones de libros en barras de bar, sin haber pasado por ningún baremo ni lectura crítica previa.
He visto apalabrarse proyectos editoriales a partir de manuscritos inexistentes.
Por eso me duele, que pueda resultar envidiable lo que ahora tengo, lo que ahora tenemos, una amistad a partir de inquietudes comunes, surgida de milagro, no exenta de resquemoras, comentarios a destiempo, desconfianzas y unas gotas de competitividad que siempre terminan salpicándolo todo.
A mis treinta y dos años y mi racimito de libros, puedo hacer mi propio inventario de cicatrices en la espalda, porque de las puñaladas, las envidias y las soledades no se libra nadie.
Me han llovido las decepciones, y los desprecios. He ahí el error de aquellos que piensan que todo me viene fácil, regalado... (lo sé amiga V., que esto de dar explicaciones no es muy inteligente, pero a lo mejor es que yo no lo soy tanto, y mejor, se sufriría más).
Y aún hoy sigue ocurriendo, más a menudo de lo que me gustaría. Mucho más a menudo...
La cuestión es que hay quien se fija sólo en aquello que resulta más cómodo de ver.
Una vez, otro amigo, me aconsejó que escribiera y escribiera y escribiera... casi sin respirar para no oler el hedor de un ambiente enrarecido por exceso de humanidad, para no perder la perspectiva.
Eso hago.
Intento no apartarme del camino que yo elegí, sin desoir los sabios consejos que voy recibiendo a lo largo de este complicado periplo en el que es difícil mantener la ilusión y la inocencia primera e infantil de quien decide escribir porque lo necesita, porque llena los días de su vida, desconociendo si hay o no atalayas desde las que divisar los tiburones.
Bueno, aquí estoy y hasta aquí he llegado.
Estoy segura de que haber alcanzado este punto en el que incluso soy envidiada (algo que no termino de entender, por cierto), no me va a apartar de lo que realmente quiero: escribir.
Intentaré mantener el nivel de amistad que he logrado con muchos de aquellos a los que admiraba desde la lejanía, y que ahora son accesibles al abrazo más sincero, aunque a veces se equivoquen. Los seres humanos deberíamos abrazarnos más, pero con las manos libres de traiciones, ya que éstas no sólo acechan en el mundo literario, huelga decirlo, están en nuestra condición de homínidos idiotas agrupados en gremios de índole cualquiera.
De momento, en estos días en que he de reposar para que se cumpla otro gran sueño, el de ser madre, reflexionaré sobre todos los consejos acertados que mi amigo siempre me ha dado, que me sigue dando, y el cariño y la admiración que le profeso.
Amigo que se ha sentido igual de solo como me he sentido yo al intentar caminar. Porque nacemos solos, escribimos solos y moriremos solos.
Amigo maravilloso, de excelencia literaria y mejor trato personal. He de ser yo quien envidie sus logros, de forma más que constructiva, para aspirar a ser la mitad de lo que él es, con esfuerzo, trabajo y limpieza en cada paso.
Queremos, amamos la literatura. Y las presentaciones, los cáterings y el eco en la prensa, son sólo nubes pasajeras. El cielo limpio es más inmenso, y aterra a veces, como las hojas en blanco, como las ideas que nos salen al paso, como las musas que nos allanan la morada y nos encuentran trabajando. Ese es nuestro verdadero patrimonio, y nuestro único bien envidiable.
Salud.

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