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3 de diciembre de 2010

Pequeñas y sangrientas guerras

Hace unos meses una pareja de amigos muy queridos nos comunicaron su decisión de separarse.
La noticia nos heló la sangre, ya que no sospechábamos que las cosas pudieran ir mal en su matrimonio, más bien al revés, ya que parecían muy compenetrados y felices.
Empezaron las citas con ellos por separado. Cada uno explicaba su versión.
Al principio ambos se mostraron comedidos, discretos, respetuosos con el otro en discordia, sin que existieran unas palabras más altas que otras. Pero sólo al principio.
Poco a poco, la tensión fue creciendo, hasta enrarecerlo todo, hasta espesar el aire, afectando al grupo de amigos al completo. De un día para otro se convirtieron en púgiles, en contrincantes agresivos, cuyo objetivo era el de machacarse el uno al otro.
De las palabras suaves y correctas acerca de las circunstancias, se pasó a la violencia verbal y entraron en una espiral absurda de insultos y descalificaciones.
Llegó el momento del papeleo, de luchar por el piso, por el coche, por el perro, por la vida...
Todos contemplábamos absortos como dos personas que se habían amado hasta entonces, que habían dormido piel con piel, que habían compartido sueños y proyectos, ahora se deseaban el peor de los destinos, la peor de las torturas, inmersos en un odio descarnado e irracional en el que toda una vida (casí veinte años juntos) se desintegraba y quedaba reducida a dinero, siempre dinero.
Y ahí siguen, desqueriéndose y rompiéndose a jirones el alma. Despreciando lo que una vez fue ilusión y que ahora vaga como un espectro entre los restos de un amor corrompido por el ansia de individualidad y el rencor.
Puedo comprender que el amor se rompa, que el deseo se enfríe y que la pasión se disuelva hasta desaparecer. Pero mi entendimiento no da de sí tanto como para aceptar que el cariño muera así, de pronto, dejándole su lugar al odio y a la soberbia más pura.
No lo entiendo, sinceramente. Es imposible triturar años y años de convivencia, de palabras, de sensaciones.
Me asusta que un hogar donde hubo calor, pueda albergar tantísimo frío.
Viéndolos a ellos, y a tantas parejas que han estado, están y estarán en una situación similar, o peor, cuando ya están los hijos, ante la cual nadie es inmune, lo que me ocupa es la reflexión acerca de nuestra naturaleza.
Somos pendencieros, y nada es sagrado. Nacemos y morimos solos, y somos capaces de cualquier cosa por preservar la individualidad, el yo. Somos egoístas y egocéntricos por decreto natural, al nacer, y por mucho que queramos prolongarnos en otra persona, el altruísmo es un valor aprendido y postizo que no ha llegado a calar en la masa de nuestra sangre.
Por eso, sí que soy egoísta, porque no me preocupan las guerras lejanas, sino las que sufrimos en el mismo grupo de amigos, por ejemplo.
Pequeñas guerras, pero tóxicas, sangrientas, dolorosas.

3 comentarios:

don fernando dijo...

Somos distintos, somos individualidades múltiples, que pueden producir respeto, prepotencia, dominación, e incluso sumisión.
Ser asertivos es dificil y llegar al consenso más.
Un abrazo.

veronica pedemonte dijo...

La naturaleza del instinto no conoce la ética, pero la conciencia sí.

Como dice Quasimodo:

"con le ali maligne, le meridiane di morte,
t’ho visto – dentro il carro di fuoco, alle forche,
alle ruote di tortura. T’ho visto: eri tu,
con la tua scienza esatta persuasa allo sterminio".



En las guerras lejanas o cercanas es mejor recordar que el altruismo no lo inventaron los extraterrestes ni la utopía tampoco.

Saludos

carlos guerrero dijo...

Cierto ciertísimo, Rosario: la vida misma.