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8 de enero de 2013

Recitales de poesía, y otras tonterías por el estilo

Será el karma, o los astros, o Rajoy, pero últimamente ando un poco inquieta. El malestar creo que es general, ya que una va buscando el consuelo de tontos, en el mal de muchos, y me ha dado por realizar un estudio sociológico casero sobre el ánimo de los seres que me rodean. La conclusión, sin usar ni tablas estadísticas ni otro método científico, es que hay muchas almas que están peor que la mía. Me tranquiliza, pero no consigo despreocuparme del todo. Más bien al contrario. ....................................................................................................................
Los esquemas de vida de cada uno son frágiles. Hay personas que apoyan todo el peso de su existencia en los ideales. Otras, en la vocación, y muchas en la opinión de los demás. Todo es susceptible de derrumbarse, incluso los que se sustentan en firmes y arraigadas creencias. Yo, por si acaso, tengo un par de alternativas guardadas. Menos mal. Lo malo es que guardé esas dos opciones para sobrevivir tan a buen recaudo que no recuerdo el lugar, ni el modo para llegar a ellas. Soy positiva y sé que es cuestión de tiempo el ir obteniendo soluciones a todas las dudas.
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Hasta hace poco creía en la Poesía. Pero a medida que voy aumentando mis lecturas, más conocimiento adquiero sobre técnica y oficio, y más poetas voy conociendo en persona y en papel, más grietas descubro en mi sistema base. Así que a la poesía, en mi vida, le quito la mayúscula, de momento. El detonante ha sido un inocente comentario que una compañera me hizo acerca de los recitales de poesía. La invité a que viniera a una lectura conjunta que organizamos antes de las navidades, donde un grupo de poetas, unos más aficionados que otros, exponíamos al público nuestros últimos trabajos. Quizás el día fue desafortunado, o quizás yo quiero buscar excusas. La cuestión es que mi compañera, al día siguiente cuando le pregunté, con toda la inocencia del mundo, que qué le había parecido, si lo había disfrutado, me espetó un seco "no". Ante mi expresión, entre dolida en el orgullo y sorprendida, mi compañera, sincera del todo, aunque algo brusca, intentó cambiar el tono, el tercio y echarme un capote. Pero la faena ya estaba hecha. Ella quizás no es consciente de la gravedad: sentí un crujido frío y seco, se me rompió el ego, de tanto usarlo... Además del "no" ella siguió explicando, y añadió que bueno, el grupo de compañeros que habían ido a ver como nos lucíamos un grupete de poetas, lo había hecho por "agradarme a mí" y que venían de comer juntos para celebrar las navidades y tomarse unas copas. Encontré otra excusa más en las circunstancias: ¡a quién se le ocurre ir a un recital de poesía sin entender y habiendo bebido! ¡Podían haberse ido a bailar a una discoteca! Lejos de agradecer que ese grupo de compañeros (desde ese día, antisistema poético) fueran a verme a pesar de todo, me cabreó sobremanera. Pero la cosa no quedó ahí. Mi compañera siguió explicándose. Añadió que a ella en los recitales poéticos siempre tiene la sensación de que le falta algo, y eso no lo siente en los conciertos, por ejemplo, o cuando lee poesía a solas. Y que además, según su opinión, es necesario ser "muy bueno" para que un autor, leyendo sus poemas, te atrape, en contenido y en continente. Me terminó de destrozar, aunque me dijo: tú si me gustaste, Charo... (qué va, bonita, ya no lo arregles). Pero tengo la sana costumbre de aprender, después de sangrar. Se me pasó el asombro, el dolor, y llegó la reflexión acerca de su reacción. Y tiene razón.
Le agradezco su crítica demoledora (aunque yo sí le gustase). Es necesario reciclarse, y sí, reinventarse (eso que Madonna puso de moda). Y el error en el que caemos los poetas es sobrealimentarnos con nuestra propia voz, o la de otros, siempre en la línea de la adulación. Quizás esto tenga materia prima suficiente para un larguísimo y controvertido debate. Seguro que sí. Yo de momento haré de tripas corazón. Y bueno, la poesía, para que recupere su mayúscula, ha de estar limpia de muchos contaminantes y muchos excesos. Hay que librarla un poco de recitales y otras tonterías por el estilo, a no ser que lo que se ofrezca sea bueno de verdad. No digo que una servidora vaya a dejar de leer en público. Este farol me parecería un acto de vanidad ante aquellos que sí disfrutan con los poemas vivos en la voz de sus autores. Pero sí soy de la idea de que todo en la vida hay que dosificarlo. Salud.

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