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25 de septiembre de 2014

Ángeles pequeños


“Es más cómodo creer que solo duermes.
Que una nana de agua acunó
el hueco mínimo que hoy dejas
en esta agria tierra hecha de huesos”.

Está dormida plácida y profundamente. Me asomo a la cuna y poso mi mano sobre su pecho. Y es que no le quiero  confesar a nadie mi miedo irracional a que deje de respirar  de pronto.  Al sentirme, cambia de postura, y a ciegas, recupera su chupete. Suspira.

No puedo dejar de mirarla. Protegida, por suerte, en este lugar tranquilo del mundo, de momento. No puedo dejar de pensar en ellos. Sin chupete. Inmóviles, helados, asustados. Amontonados en el suelo. Lejos de la cuna y los juguetes sin  la mano de mamá sobre el pecho…
Siento la tristeza de todas las madres, y me invaden pesadillas de columpios rotos y parques vacíos.

Y es que por mucho que he querido abstraerme y desconectar, de la forma más egoísta posible, apagando la radio, ignorando los informativos o leyendo solo la sección cultural del periódico, las imágenes de Siria (siempre son las mismas, vengan del lugar que vengan)  han venido a buscarme.  
No quiero saber nada. No entiendo nada. Pero es inevitable saber, intentar entender. 

El amo del mundo, Comandante en Jefe y Nobel de la Paz, ahora busca el momento adecuado para la guerra. Sigo sin saber nada, sin entender nada, y en estos casos, siento la misma desazón que me invade en los tanatorios y que me transporta, como queriendo huir, a mis años de infancia en el colegio de monjas, cuando de vez en cuando me refugiaba en la capilla, con una fe y un Dios, intactos, notando el Cielo, con todos sus habitantes, un poco más cerca.

Ahora ya, los ángeles pequeños no flotan sobre nubes, se han ido disipando en las tormentas del tiempo. De los cánticos del Cielo hay pocas noticias, o son tan sutiles, que pasan desapercibidos en el ruido, en el fuego.

Pero tenemos muy claro que el infierno existe, y se sabe, porque el aire se hace venenoso. Y siempre son los niños, siempre los niños, los que no oponen resistencia, los que siempre dejan a medias los juegos para morir por motivos que no entienden (ni nosotros).

Tanto desconcierto les deja la muerte tatuada en los ojos.

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