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18 de enero de 2017

Fuerte y efímera

Ha hecho magdalenas con papá, y se ha dedicado a repartirlas por el vecindario.
Me asusta esa generosidad innata. Reparte magdalenas con un amor impoluto, sin otro interés que divertirse compartiéndolas.

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Las canciones vetadas, a veces irrumpen en mi frágil intento de serenidad. Quiebran el buscado equilibrio.
Es la música de otro tiempo, no sé si mejor. Y yo estaba tan viva, que todo giraba a mi alrededor. Tan fuerte y efímera, como la polilla que describe Virgina Woolf. Entonces, yo, como esa polilla, ya le había sostenido la mirada a la muerte. Pasó de largo. Mi madre la echó de casa.
Tenía los ojos verdes, líquidos. Fingía el llanto. Y desapareció.

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Estabas sentado en un banco. Te vi. No te miré.
Observaste desde lejos mi cotidiano episodio familiar.
Tú, que eres un extraño ahora. Quizás lo fuiste siempre.
Es lo correcto. Así debe ser.
No importa. No duele. Y tampoco pienso ya en las causas del súbito frío en las manos.
De camino a casa, el temblor habrá pasado.

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Escribir. Recuperar mi vida. Organizar la agenda. Abandonar el calor, y este tiempo dulce que no sé valorar.
El consejo de mi padre siempre era el mismo: aprovecha el momento.
Siempre he sido una rebelde. Me arrepentiré seguro.