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14 de diciembre de 2007

Navidad

Pues nada, aquí estoy un viernes con los ánimos chamuscados.
Será que me pongo demasiado cerca de la chimenea. Sí, eso será. No tengo planes atractivos que me tienten a salir a la calle a enfrentarme al frío, sería un acto de heroicidad, y esta tarde no estoy yo para heroicidades ni para valentías.
Todo mi mundo se reduce a mi manta polar azul y mi libro de relatos de Poe (sí, otra vez Poe, pese a que he releído sus lúgubres narraciones mil veces, y sé que no es lo más indicado para una tarde de viernes de depresiva pre-navidad).
Pero he llegado a la conclusión de que me encanta estar inmóvil, y sentirme presa de mi propia decadencia de "viernes sin plan", como si algo así fuera motivo suficiente para sentirse decandente...
En realidad miento. Sí que había planes alternativos a quedarme en casa, pero he preferido sentirme mártir y dejar que mi autocontemplación reflexiva me reconforte y me cargue las pilas para lo que se avecina: LAS FIESTAS. Esos días en los que no habrá hueco posible por el que colarse para desaparecer, porque a la mínima que te descuides te atizan un panderetazo de aúpa, para despertarte del sopor: ES NAVIDAAAAD!! ES NAVIDAAAAD!!
Aún recuerdo el día exacto en que perdí el espíritu navideño, lo ví irse, haciéndome cortes de manga, en bólido-trineo con villancicos a toda pastilla, y renos tuneados...
Bueno, exagero un poco. Yo tenía unos trece años, y en esa época no estaba tan de moda el tunning, pero bueno, para el caso, y como lo que pretendo es dar sensación de agobio sumo y agotamiento, la imagen de horterada cani creo que me sirve...
Mi prima Olga y yo estábamos comprando regalitos para nuestros padres y primos, en una tienda de esas de Todo A Cien. Y de pronto, el espíritu se me fue.
Nunca sabré la razón ni el porqué eligió ese día precisamente, un cinco de enero por la mañana, como cualquier otro cinco de enero por la mañana de cualquier otro año...
Supongo que estas cosas pasan de pronto. La madurez de las manzanas al fin y al cabo se resume en un gran batacazo, de un día para otro...¡zas! al suelo.
Y desde ese día hasta ahora me he sentido manzana muchas veces, a base de aterrizajes forzosos y batacazos contra la fría y dura realidad.
Igual que me abandonó el espíritu de la navidad y la ilusión altruísta de los diciembres infantiles, también me han ido abandonando, junto con la inocencia, el sentido común.
Y lo digo bien, porque sentido común era creer en los demás, confiar, querer sin malicia, prodigar cariño sin pedir nada a cambio, y mostrar los sentimientos puros, los buenos y los malos. Los buenos sentimientos para alimentarnos de ellos, y los malos para saber qué cara y color tienen, para preparar, si se diera el caso, la defensa adecuada.
Si alguien te hacía daño, lo hacía a las claras, y podías despotricar y enfadarte.
Pero con la madurez llega la hipocresía y las sonrisas letales.
Creo que el espíritu de la navidad cuando se fue, lo hizo porque es imposible que la inocente ingenuidad con la que se viste, pueda quedarse con nosotros.
En fin, todo esto viene a explicar el porqué de mis ánimos chamuscados una tarde de viernes, que ya se me va.
Lo mejor de estos momentos solitarios y contemplativos es que llego a conclusiones que lejos de relajarme, me sublevan y me excitan las neuronas para escribir algo como lo que están ustedes leyendo, que siendo quizás una de mis muchas paranoias, quizás venga a ilustrar ciertos pensamientos que a todos nos embargan en estos días.
Mañana será otro día, y seguro que el espíritu navideño, aunque sea sólo su reflejo en algún escaparate, me guiñará el ojo por un instante, y volveré a sentirme feliz saboreando un trozo de turrón de chocolate (suchard) al regresar a casa.
Mientras seguiré enfrascada en mi libro de Poe, para al menos intentar olvidar la plaga de "papanoeles" de pega que nos acechan colgados de las ventanas...

1 comentario:

WalterdeAlemania dijo...

Feliz navidad desde Alemania,
Fröhliche Weihnachten aus Deutschland