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29 de noviembre de 2008

Verano



1985. Añil intenso.
Saltábamos las olas.
Reíamos a gritos.

Era Dios quien nos cuidaba.
Ahora lo sé.

En la orilla
vigilaba nuestros juegos.
Bastaba
buscarlo con los ojos.
Sonreía.

Vigía incansable
del presente infinito.
Brújula necesaria
para futuros lejanos,
ya vividos.

Pero era inevitable.
Construimos castillos
con la misma arena
de los relojes.

Y ellos llamaron al viento.

En él se deshicieron
todos los veranos,
incluso aquel
donde estábamos todos aún
y eso era lo importante.

2 comentarios:

Pablo dijo...

Oyes Charo, y porqué en "La huida". Besazooossss!!!

Eugenio Manuel dijo...

Ayer me acordé de tu sitio y te dediqué una graciosa anotación.