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29 de noviembre de 2009

Planetas extraños (I)

Había una vez un planeta de silencios puros, donde los seres que en él habitaban no le temían al vacío como un imperativo monstruo del que huir.
Las almas existían exentas de lastres y cuerpos, etéreas, sin forma concreta. Viajaban puras, volátiles y ligeras.
Se fundían unas con otras, formando otras almas más voluminosas, más extensas, alimentándose de impulsos de luz, aquellos que provocan las descargas eléctricas del primer momento del amor.
De la fusión de las almas, al cabo del tiempo, surgían almas nuevas, más pequeñas.
Inexpertas, las pequeñas criaturas transparentes antes de encontrar compañera adecuada para fundirse, corrían un único y terrible peligro: perderse en el camino, y caer en abismos inconcretos entre planetas distintos, imantadas hacia atmósferas menos puras, de ruidos infinitos, hasta perder los ojos siendo absorbidas por cuerpos sin ventanas.
Quizás la catástrofe respondía a una suerte de equilibrio natural, para mantener el planeta de las almas en orden.
Ocurría pocas veces, pero cuando era tiempo de pérdida, muchas se desorientaban, y terminaban olvidadas, encerradas en algún agujero de indiferente cinismo, hasta degradarse casi del todo.
Otras eran absorbidas violentamente hacia cavidades oscuras, pero blandas y suaves.
Aunque se sabían ya perdidas del todo, al menos durante un tiempo, demasiado breve. Y ya no recordarían más su sanguínea cárcel. Con suerte, un fallo, un pequeño orificio por el que escapar y que dejaba entrar la luz... La huída.
Pero la luz que antes alimentaba y daba calor, ahora molestaba consecuencia de tanto tiempo a oscuras.

4 comentarios:

Fernando Miguel dijo...

Leerte es encontrar la luz de la sensibilidad e iluminar la oscuridad a la que la vida nos arrastra algunas veces. Es un placer visitarte y compartir tus cosas. Un abrazo

Guinda de Plata dijo...

Desde luego que es un placer leerte... Felicidades por escribir así de bien.

Un beso de guinda,

Belén.

El Éxodo dijo...

Yo no sé si podría vivir en un lugar así. Pienso que estruendo y silencio son dos lúgubres extremos que se tocan. Prefiero la música.

Eso sí, un texto el tuyo delicioso.

Abrazos.

Raquel dijo...

Si supiera maúllar lo haría.
Aunque un rugido sería quizás más adecuado. Charo, dia a dia vas descorriendo cortinas y me sorprendes...