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17 de octubre de 2010

Las manos del abuelo

El teléfono rompió la mañana, y la ausencia cayó a plomo sobre los hombros del sábado.
Buscábamos el eco de tu risa en las paredes, y éstas nos devolvían certezas de silencio.
Lo que nunca quisiste, lo que siempre temías, diluir tu propia luz en la mortecina niebla de los hospitales, sucedió, y el olor aséptico se llevó tus años llenos de recuerdos.
Todo ahora es un poco más oscuro, todo ahora está un poco más vacío.

Es ley de vida, y ya no estás. Con noventa y un años de ventaja, te tocaba llegar el primero. Siempre bromeabas sobre lo que había de cumplirse tarde o temprano. Y ya no estás.
Pero siempre vivirá tu voz hecha música de tango, y tu alegría en alguna letrilla de esos carnavales antiguos, de esos que "sí eran carnavales", los tiempos en sepia que siempre defendías con la gracia testaruda de tu mal carácter.
Diré sólo hasta luego, hasta después, hasta ese verano de paseíto caletero, en que volvamos a abrazarte y olvidemos este mal trago. Pues qué mala leche tiene a veces la vida, ¿verdad? Que le da por arrebatarte tus costumbres, tus ratitos de dominó y tu copita de manzanilla al sol.
Qué despropósitos tiene el tiempo, que no da tregua a los viejos, cuando más a gusto con la vida están.

La imagen que guardo para mí conserva sus colores, y no permitiré que el tiempo corroa todo lo que he heredado de tus manos, las manos del abuelo, las mismas que pintaban paisajes de óleo nutritivo sobre lienzos ávidos de tu experiencia. Las mismas manos que dibujaban mi sonrisa al verte aparecer en la puerta de mi casa.

1 comentario:

Isa dijo...

Preciosas palabras dedicadas a esa persona tan importante para ti. ¡Ojalá pudieras verlo de nuevo aparecer por tu casa! Pero siempre lo vas a llevar contigo; toda tu vida.
Un abrazo. Seguiré leyéndote.