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12 de agosto de 2012

Juego de tronos: poetas a espadazos

Nota: El artículo que van a leer a continuación es una crítica, y si alguien se siente aludido, pues que opine. La libertad de expresión es mi estandarte. Desde aquí, mi rincón virtual, no pretendo ni herir ni adular a nadie. Solo expreso pensamientos. Gracias.
 
Una, que es bastante "friki", todo hay que decirlo, ha estado enganchada últimamente a la lectura de los libros de George R. R. Martin, "Juego de Tronos" y a su adaptación televisiva a cargo de la HBO, se da cuenta de que no es un relato de ficción. Es una afirmación atrevida, pero me explicaré con claridad.
En el mundo que nos rodea no hay dragones, por desgracia, pero sí hay magia negra, guerras absurdas por los Siete Reinos, brujas y enanos (la cuestión es que el Gnomo Lannister es inteligente, y los seres diminutos, sobre todo de espíritu que nos rodean, no brillan por su actividad neuronal, precisamente).
A mí me ha tocado ser de la Guardia de la Noche, aunque con menos honor, sí con todas las restricciones propias de una secta.
No voy a generalizar, en absoluto, y tengo la certeza de que hay "poetas libres y bondadosos", pero permítanme estar un poco cabreada, ya que tengo razones contundentes.
Y es que una servidora desconocía que para escribir poesía, compartirla con un número reducido de personas, evolucionar en el ejercicio de la escritura, y realizarse en este extraño mundillo (conste que aborrezco este término con diminutivo atroz), había que renunciar a vivir feliz, con tranquilidad de espíritu.
Si me lo llegan a decir antes (sí que me advirtieron y me advierten, pero una es rebelde por naturaleza) no hago ni siquiera el intento de dar a conocer lo que escribo, y eso que es bastante sencillo y escaso, ya que no soy tan prolífica como soñaría, ni presumo de poderes mágicos para alargar las horas.
Y además, si mi carácter fuese competitivo, no haría versos, seguro que no.
Para "ser poeta", en según qué lugares, dependiendo del "trono" que se quiera conseguir, hay que entrar en un bando u otro, ser del Norte o del Sur, no tener hijos ni familia (o al menos no demostrar que se es feliz), agradecer siempre el "apoyo" que los mecenas del humo te prestan (aunque en el fondo seas tú mismo quien suda sangre para que un manuscrito llegue a manos de una buena editorial), sonreir mucho, y no decir ni "mú" cuando se despelleja a un compañero o compañera, que por supuesto no está presente para poder sacar alguna espada, aunque sea de papel, y que rueden cabezas.
Para "ser poeta", hay que estar en el candelero, aunque el libro que presentes esté en blanco. Eso que más da.
Si por casualidad y tretas del destino,  te echa el cable algún otro miembro de este extraño círculo, no agradezcas nada. Olvída rápido. Cuando se llega al trono, aunque sea un retrete sucio, la amnesia es el síntoma más agresivo, nadie sabe el motivo.
Pero ojo, no hay que confiarse. Si te doran la píldora, te colocan una corona en la cabeza y te laurean, mañana mismo, te repudiarán. Es la ley. A rey muerto... o si no, te matan directamente, si ya no interesas.
Para "ser poeta", hay que hacer de todo menos escribir poesía, o eso parece. Qué más da un buen libro, unos versos elaborados con mimo, un puñado de horas robadas al sueño y a la familia. Todo eso, no importa, si se es lo suficientemente inteligente (¿en serio?) para saber qué teclas tocar y ser un crack del marketing.
Es muy importante un buen gestor (llámese mánager) y un perfil de facebook potente.
Todo lo expuesto es la antítesis de la bohemia. Prefiero acostarme y perseguir quimeras, o dothrakis apuestos a lomos de un caballo blanco.
Cuando yo de joven leía poesía, escribía mis cosas, soñaba todo el tiempo, nunca me ví regentando ningún reino en soledad.
Disfrutaba, cándidamente, de las letras. Me formaba, aprendía, tenía esa humildad que ya no encuentro en ninguna de mis arrugas, esas arrugas que rodean ahora mis ojos, fruto más de la risa que de la extrañeza que ahora me invade, a Dios gracias.
Y es que he llegado a la conclusión de que ya no quiero "ser poeta" (mentira, del todo).
Al menos no la clase de poeta que veo, que sufro, que no me gusta nada en absoluto.
Ser poeta duele, escribir es llorar, ya lo decía Larra.
Pero oigan, en un mundo complicado, donde la crispación es lo que acompaña al café en el desayuno, no hay necesidad de buscar problemas (ni encontrarlos) en una afición.
Ya lo he dicho muchas veces, y a unas malas o a unas buenas, me dedico al punto de cruz, que debe ser la mar de relajante.
Aunque quizás, por mi manera de ser, incendiaria, impulsiva, pero íntegra (es lo que más jode, curiosamente, y con perdón), también terminaría enfrentada a alguna asociación de manualidades, por no hacer la pelota a la persona que surte de hilos a los bordadores.
En fin, que hoy me he despertado con claridad en los labios, y lo que es peor, en el alma. Y que a lo mejor sigo escribiendo (por pura necesidad), pero me niego a volver a ignorar las advertencias de los que sí son mis amigos: me alejaré de todo lo que apesta a frustración, de egos inflados que pugnan por aplastarlo todo y de todo lo altamente tóxico, que nada tiene que ver con la literatura.
Porque lo apestoso, lo es, no sólo en este ambiente de egos revueltos (gracias Juan Cruz), sino en todos los círculos acotados y ridículos.
Por suerte contamos con grandes poetas, que lo son, y no se venden a nada ni a nadie, ni pretenden otro poder más allá del amor a las letras.
Yo por constitución soy una mujer grande, y debo nadar en el océano. No quepo en los mundos pequeños. El que quiera nadar a mi lado, y no sea una rémora, bienvenido, el que pretenda contaminarme el agua, que cambie el rumbo.
La conclusión a la que llego es que en todos los gremios cuecen habas, cuando hay habas que cocer, claro, porque está la cosa achuchada.
¿No sería más fácil, más sano y hasta más barato, llevarse estupendamente, promover el trueque de proyectos y de libros, fomentar las buenas palabras para y sobre los demás, unirse para vencer?
Creo que sí.
Creo que alguna vez debe acabar el largo invierno.
 
SALUD.


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