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3 de noviembre de 2012

Mona Lisa


Dicen que llegó con restos de amor en el vientre y las manos anegadas de tiempo.

Hablaba de cánticos y bufones, de locura y poemas, de dedos de un dios cercano y perfecto, capaz de borrar todas las  sombras que, como fantasmas tristes, la atrapaban en un paisaje familiar de doloroso misterio.

Sintió que ya no latían, ni olían, todos los colores. Toda su luz es ya el eco de viejos barnices. Fugaz fulgor de  estrella extinta.

Describió puentes para huir, acercando las orillas de los años.

Dicen que toda risa posible se quebró al llegar la noche.  

De pronto, toda la oscuridad a su espalda. De pronto, el deseo de regresar al sueño, justo allí, cerca de los Alpes.

La ausencia, en feroz crecida, ya había arrancado árboles, arrastrado recuerdos, nombres, las dos mitades  del mundo, las huellas del sol sobre la piedra…

Como velo de novia, una mentira rota, voló en el aire. Entonces sus ojos merecieron ser eternos.

Llegó, y permanece, aunque el alma es ya ceniza impregnando las paredes.

Dicen que quiso vencer lo áspero de la desmemoria, lo amargo del olvido, y que una melancolía de siglos es la que reposa aún sobre su gesto.

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