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26 de febrero de 2013

Carne

La única posesión vitalicia que podríamos tener es el silencio. Pero algunos nunca lo utilizan, ni le sacan rentabilidad. Es un problema de gestión. Las palabras, aunque nuestras en origen, siempre son de otros. Siempre son de los demás, y la renta a pagar por las mismas, las más de las veces, es demasiado alta.

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Últimamente leer la prensa (y ver y oir las noticias) se ha convertido en toda una temeridad, ya que los titulares atentan directamente contra la salud mental.
Es triste que nos resulten ya manidas las constantes noticias acerca de políticos corruptos y que, aparentemente, ya no le sorprenda a nadie semejante proliferación de chorizos.
Me reservo mi opinión, ya que este teclado corre un altísimo riesgo de achicharramiento. Y además no me apetece comentar más de lo mismo.
Sí me ha llamado poderosamente la atención el enorme revuelo en torno a la procedencia de la carne de las albóndigas de la cadena sueca de muebles-puzzle, por ejemplo (si es que de verdad están hechas de materia orgánica), o el mínimo porcentaje de carne equina encontrado en preparados alimenticios de marcas de toda la vida (ay, dios, qué haré sin las empanadillas, sin los canelones, los días en que no me apetezca cocinar...).
La carne de caballo es sana, y a lo mejor, porque nos han dado caballo por vaca durante tanto tiempo al parecer, ahora el español medio es más alto, más fornido y con más energía para trabajar y luchar por sus intereses. Era por verle el lado bueno a la cuestión...
Me inquieta, por supuesto, no saber qué es lo que como. Y ahora que soy madre, mucho más.
De hecho todas las madres, y padres, deberíamos tener un "escáner cárnico" o algo por el estilo, para detectar si lo que le damos a nuestros descendientes en edad de crecer y a nuestro cargo (hasta que cumplan treinta años, se entiende) es cochino, toro de buena ganadería, una oveja o un bistec de cartón piedra.
Es inaudito que nos engañen hasta en los filetes.
De aquí a nada, las lechugas no serán lechugas, o vendrán infectadas por esa sustancia tranquilizante que, según un amigo muy hippy me contó, arrojan los aviones estadounidenses, de madrugada y alevosamente, sobrevolando nuestras cabezas (a lo mejor los manda la Merkel, todo es posible), para adormecernos y conquistarnos, y quedarse con nuestros cochinos de Jabugo y nuestro aceite de Jaén.
Lo dicho. Visto todo lo visto, todo es posible. Y además, vamos a la deriva, ahora que, por no tener, no tenemos ni Papa.
Si este es el Apocalipsis, vaya ridiculez.
Yo visualizaba un final más épico, con más meteoritos (uno solo y en Rusia, no me vale).
O a lo mejor, y volviendo al tema cárnivoro, comiéndonos unos a otros, en una tremenda orgía crepuscular.
Y mientras sueño finales dignos para la raza humana, recordando, no sé por qué extraño mecanismo psicológico, los extraordinarios bocadillos de lomo en manteca de La Barca de Vejer (Venta Pinto), evoco una extraña película francesa del siglo pasado, Delicatessen codirigida por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, que me causó, pese a lo macabro del argumento y su atmósfera apocalíptica, una grata impresión.
Un cuidadísimo humor negro nos sitúa en un edificio de apartamentos, en una Francia esquilmada, donde el grano es la moneda de cambio y no hay animales para comer (se extinguieron inclusolos caballos),
En esta realidad postapocalíptica, el líder es un extraño carnicero, Clapet, que vende a los inquilinos del edificio, la carne de las víctimas que atrae hacia el bloque mediante anuncios que él mismo envía a un periódico llamado "Tiempos Duros"...
Así,  a su modo, consigue mantener el orden en la comunidad caníbal. En las entrañas de la ciudad, justo bajo el edificio, la resistencia son los trogloditas, grupos localizados de vegetarianos.
Una muestra inquietante, quizás, de cine visionario. Menos mal que por lo menos, nos quedan caballos.


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