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10 de abril de 2013

Raíces en el agua

De niña disfrutaba con los relatos de terror que, leídos en algún sitio o quizás inventados, me narraba mi padre. Con él he compartido durante años, tardes memorables de cinefilia: Corman, Price o Naschy, entre otros clásicos del género, que nutrieron una afición inculcada que todavía mantengo, aunque confieso que entonces, al llegar la noche, ya sola en mi habitación, la espectral sombra que la lamparita proyectaba en la pared, la mirada siniestra de una muñeca sobre la estantería o el aullido del viento en la ventana, me provocaban escalofríos y me helaban los pies.

Pero mi terror infantil más serio no tenía nada que ver con los monstruos, ni con las ánimas ni con Mariquita ura ura. Más bien era una pesadilla recurrente: Cádiz, mi ciudad, hundiéndose, poco a poco.

Me aterrorizaba que un día cualquiera amaneciéramos todos bajo las aguas, así de pronto, sin que nos diera tiempo siquiera a salir corriendo, o nadando.

Tantas civilizaciones hundidas, capa sobre capa. No íbamos a ser nosotros menos. Además, una ciudad tan vieja y oxidada, lo más lógico es que terminara en el fondo del océano.

Mi imaginación forjó la catástrofe, a partir de lo que fue una broma, seguramente, alguna idea exagerada, sacada de contexto de alguna conversación de los mayores. Una metáfora, tal vez.

La cuestión es que el temor ha vuelto, muchos años después, desde otra perspectiva, pero con la misma fuerza obsesionante. Y es que son inequívocos los síntomas del inminente naufragio, y lo que más asusta es que, lejos de achicar el agua, se carga aún más con peso inútil esta frágil balsa a la deriva sobre la que reposamos nuestra vida y nuestros pies.

El miedo verdadero es ignorar las señales de puro cansancio en las calles, y no ver que la humedad y el tiempo nos está llegando a la cintura.

Nos hundimos, poco a poco, y los árboles se caen, muertos de soledad y de tristeza, porque no hay tierra firme que mantenga sus raíces. Y es que el boato y los carteles de celebración no sirven para apuntalar una inclinación vertiginosa hacia el abismo.

El otro día fue el Drago del Arte en el Callejón del Tinte, testigo silencioso de todas las mascaradas, desde hace doscientos años. Se sintió abandonado, y se dejó (o lo dejaron) morir de apatía y de cansancio.

En mi tendencia a lo macabro, sueño con sus ramas, asomándose a los pasillos vacíos de una escuela llena de fantasmas. Sufro sus terrores nocturnos, la terrible nostalgia de otros tiempos que se fueron para siempre. Me duelen sus heridas y huelo su savia derramada.

Dicen que la muerte de un árbol es un mal presagio. No lo sé. No quiero pensarlo siquiera. Preferiría verme dentro de cualquiera de las películas de cine gótico de las tardes con mi padre, y enfrentarme a cualquier ser de ultratumba.

Pero mi miedo es real, y el estruendo de un gran árbol cayendo sobre el suelo demuestra con lucidez sobrehumana que vamos desapareciendo, centímetro a centímetro, calle a calle, bajo la marea, por muchos puentes que inventemos a destiempo, para huir hacia adelante.

Quiero pensar que mejor que un mal presagio, es un aviso, y que si Cádiz se hunde del todo, lo mejor es abrazarse al tronco de un anciano drago, como último recurso, y fluir con las corrientes.

Y pecaré de poco original, seguro, por sumarme en estas líneas a los homenajes y buenas palabras, que, entre litigio y litigio, intentos de trasplante, y otras soluciones para salir en la foto (a buenas horas, mangas verdes) proliferan en estos días, pero no he podido resistirme, a cortar un esqueje nutritivo, a modo de epitafio, de un bello poema a un gran árbol, de Vicente Aleixandre : “(…) En lo sumo, gigante, sintiendo las estrellas todas rizadas sin un viento, / todas resonando misteriosamente sin ningún viento dorado, / un árbol vive y puede pero no clama nunca, / ni a los hombres mortales arroja nunca su sombra.”



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