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21 de diciembre de 2013

Tortas de Nochebuena

Lo mejor para ir actualizando este rincón, y en las fechas que estamos, es compartir un sencillo relato que escribí para la revista navideña que editó Manuel Sotelino, de la web Jerezanía.com.
Está en papel,  y aquí, en formato digital: REVISTA DE NAVIDAD DE JEREZANIA. Espero que os guste. Felices fiestas:

Tortas de Nochebuena
Aquella víspera del día de los Reyes Magos, yo tenía once años.

Faltaban unas horas para ir a ver la Cabalgata con los primos y aún tenía que comprar el último regalo para mamá en las tiendas del centro.

Mientras la dependienta envolvía la cesta de jabones, espuma para el baño y otras chucherías perfumadas, sucedió algo extraño: noté como huía hacia la calle, mi espíritu navideño. Se alejó velozmente de allí. Ya no lo volví a ver más.

Lo busqué entre las carrozas del desfile, entre las patas de los camellos, debajo de las barbas postizas de los políticos y comerciantes que ese año encarnaban a los tres reyes. Ni rastro. La fiesta seguía, las luces estaban igual de bonitas. Pero ya no sentía ese dulce pellizco, en algún lugar de la barriga, o del alma, que antes no me soltaba desde primeros de diciembre, hasta la mañana del seis de enero.

Regresé a casa contenta, porque iba del brazo de papá, con los zapatos pringosos de pisar caramelos, pero fue la primera vez que ese hecho me molestó. Es curioso, porque antes no le había prestado atención a una tontería así, y no me importaba si me quedaba pegada al suelo.

Al día siguiente, disimulé, y abrí los regalos con entusiasmo. Intenté no disgustar a mi familia. Mientras, me concentraba en el soniquete del Sorteo del Niño que retransmitían en la tele, a ver si de ese modo, lograba que el traicionero espíritu regresara, para quedarse unas horas, por lo menos. Pero ya era tarde. El día de Reyes avanzaba, y al día siguiente debía volver al colegio. Cuánta melancolía para una niña pequeña…

El panorama era desolador. Yo sabía que no volvería a sentirme como antes.
Desde que yo misma empecé a participar en el ritual de comprar regalos para reyes, todo cambió, y el mismo día que supe de dónde venía tanto regalo, pude oír aquel pequeño golpe seco contra el suelo. Fue nítido aquel sonido mínimo, pero desgarrador e inconfundible: se me había roto la infancia. Hay quienes lo notan, y hay quienes van creciendo sin ruido y sin nueces. En mi caso, he tenido la mala suerte de notar cada chasquido de transición de una etapa a otra.

Pasó el tiempo y se diluyó la tristeza entre libros de texto y rutina.
El verano puso a secar al sol lo que quedaba de la pena, y lágrimas antiguas, como hojas, cayeron al suelo en otoño. Y llegaron de nuevo las luces, los adornos y los villancicos en las calles, y la cosa pintaba aún peor que la pasada Navidad: no sentía tristeza, no sentía NADA.

Pero el 22 de Diciembre cayó en sábado.
Me levanté temprano, y en el barrio entero sonaban los bombos del Gordo y las voces de los niños en pesetas. Compré el pan para desayunar en casa y el día pintaba distinto. Algo en el aire, en el ambiente, era diferente, y no me refiero a la alhucema que papá compraba en el mercado de abastos, quemándose en el salón.

Ya por la tarde, mamá nos despertó con villancicos flamencos de la siesta, y aunque apenas eran las cinco y media, ya era de noche. Fuimos a la cocina, y en la mesa, estaban todos los ingredientes para las tortas de Nochebuena que ella había aprendido de la abuela Teresa, y que año tras años, elaborábamos entre todos, aunque  era mamá la que amasaba y amasaba, y golpeaba y golpeaba, a ritmo de bulerías navideñas.
Harina, naranjas, matalauva, aceite de oliva, vino fino, miel. Una verdadera fiesta para los sentidos. Empezó a oler a Navidad, de verdad de la buena. Me asomé al patinillo, y pude comprobar como en otras casas también amasaban pestiños y tortas, y el aroma dulce ascendía hacia el cielo completamente limpio, cuajado de estrellas, igual que el cielo de papel que puse en el Belén.

Me encantaba (y aún me encanta) comerme las tortas sin enmelar todavía, crujientes, casi hirviendo. Logré olvidarme de ese sentimiento de vacío, porque simplemente ya no estaba.
De pronto, creí distinguir algo parecido a una espectral sonrisa de humo limpio, que surgía de las tortas subiendo y friéndose en el aceite. Solo lo veía yo, claro.

Se elevó suavemente, evitó que la campana de la cocina la absorbiera y llegó hasta mí. Se adhirió a mi ropa, a mis manos, y me impregnó el alma. Por un momento, sentí todas las navidades posibles, las de la abuela, las de mamá y papá, las de mis niños futuros, y las mías propias, desde el principio, y para siempre.
Yo ya no era una niña del todo, pero si quería, tenía la capacidad de revivir las sensaciones que buscaba, porque precisamente de eso, de recuerdos, se alimentan estas fiestas.

Los años pasan, y nos rompemos, poco a poco, porque se van gastando las etapas y se van yendo las personas. Si el espíritu y la ilusión deciden alejarse, hay que dejarlos ir. Asumirlo y seguir. También eso es temporal. Pero por si acaso regresa, hay que tener siempre abiertos los ojos y los brazos.

Este año, de momento, espero con alegría el día que mi madre nos llame para hacer las tortas de Nochebuena en casa. Llevaré a mi hija, ya son sus terceras navidades con nosotros.  Sonarán los mismos villancicos de siempre y olerá como siempre. Son las cosas que nos pegan a la tierra, con arraigo, y enlazan nuestra vida, a pesar de las prisas y lo crispados que estamos, a aquello que realmente importa, digan lo que digan las noticias.


Feliz Navidad y felices tortas de Nochebuena.

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