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9 de febrero de 2014

Esperanza sintética

Soñar no siempre es bueno, ni los sueños son aquello que se anhela.
Muchos despertares incluyen recordar las heridas, y sentir que escuecen. Heridas, golpes, cicatrices. Lesiones que laten, y duelen, detrás del entendimiento.
A veces nos cruzamos, en plena calle, con unos ojos, un nombre, una voz, un perfume... y sentimos por dentro la hemorragia, y a trozos, escupimos rotos los esquemas.

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Los viernes traen, de regalo, una extraña suerte de anestesia, para el dolor arrastrado durante la semana.
Nos duele abandonar la cama, y el calor de la casa donde escondemos el miedo.
Duele llegar a los días idénticos. Duele el frío de las mañanas, aún en primavera, y la indiferencia de la gente, y los recuerdos del verano, y la juventud apilada en el trastero, junto al deseo, la libertad, la vieja bici  y los garabatos que hacíamos de niños.
Cada domingo empieza a pasarse el efecto. Y en la noche, preparando el uniforme de autómata, volvemos a inyectarnos la esperanza sintética que nos regala el Gobierno.





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