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21 de marzo de 2014

Búho



Hoy el mar está más cerca.
Lo sabes, porque llevas algas enredadas en las manos, y en los pies.
Lo sabes, por el oleaje que te despertó esta mañana, y por esa inquietud de peces que huyen de la orilla, que suele invadirte en primavera.


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Esta mañana, al salir de casa, algo que había en el suelo, justo a los pies de mi puerta, llamó mi atención. Era un pequeño polluelo que yacía muerto, sobre la acera.
No era un polluelo de gorrión, ni de grajo, ni de cualquier otra especie frecuente por aquí. Se trataba de un pequeño búho. Sus alas, de acartonado marrón, parecían de madera.
El último temporal lo arrojó a la muerte, sin haber conocido un poco de calor.
No he podido dejar de pensar en el pequeño pájaro inmóvil. No he podido aliviarme la tristeza.
Supongo que ya lo habrá retirado el barrendero. Yo no tuve fuerzas para tocarlo.

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Vuelvo al trabajo después de una larga convalecencia, y percibo como si nada ni nadie, se hubiera percatado de mi ausencia. No hay cambios. O quizás sí, y son demasiado profundos. Por eso apenas se aprecian, ni se notan, ni se sienten. Igual que la muerte propia.





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