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29 de mayo de 2014

Fábrica de pollos

Admiro a los compañeros de letras y cuadernos virtuales que son capaces de mantenerlos vivos, y cuajar cada entrada de citas, autores, vivencias, títulos de películas y canciones.
Una va leyendo, asimilando, acumulando a trompicones.
Mi mesilla de noche es un baratillo, o un campo de batalla, depende del día (o la noche): seis o siete libros de poesía y de relatos breves, algunos exámenes sueltos que he de corregir y no veo el momento, un lápiz, una botella pequeña de agua, un par de chupetes, el móvil enchufado al cargador, la lamparita de lectura,...
Mi mesilla de noche es pequeña. Igual que pequeño es el trozo de tiempo que robo, y del que dispongo, festejándolo y estirándolo como chicle.
Este caos es mi extraño orden interior. Por eso mis sueños están poblados de  monstruos sin nombre y versos en construcción.

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Un amigo me aconseja que me deje de tonterías, y que me centre en "lo mío".
Su bienintencionado consejo me ha confundido aún más.

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El gimnasio nuevo al que voy es lo más parecido a una fábrica de pollos.
Los pollos no se fabrican. Las personas tampoco. Los pollos no hablan entre ellos. En mi gimnasio nuevo, las personas tampoco.
Pero hay cintas andadoras, tétricas máquinas de dolor y cadenas de montaje donde se manipulan los cuerpos porosos y amarillos, desplumados, de la carne.
Bandejas de carne destinada al consumo.


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