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24 de junio de 2014

Capítulo de confesiones (II) : antologías

Hace unos días, leía en una red social un debate, en tono de humor, acerca del combate que es, sin duda, una antología.
Como autora, he sido antologada en varios libros y revistas con este carácter "compilatorio", aglutinador de aspectos en común. En mi caso, suelen ser antologías de poesía de jóvenes, de mujeres, de andaluces, del siglo XXI y otras categorías muy socorridas para imaginarles "algo en común" a un grupo de escritores individuales.
Y es que los escritores son "muy" individuales (lo somos).
Es muy difícil hacer una lista clasificatoria de algo. Unir a un grupo de personas que nada tienen que ver entre sí, por el simple gusto de clasificarlos, para ordenar un poco la realidad, para que haya un lugar a mano donde encontrar a un puñado de nombres que pueden, o no, ser sobresalientes en una disciplina, en un género literario.
Ser un nombre en una antología, casi siempre, es motivo de satisfacción, y en mi opinión, ha de ser entendido como un regalo. Me explico: la respuesta correcta al hecho de que un temerario antólogo se acuerde de la existencia de uno para incluirlo en su propia selección particular, ha de ser siempre "gracias". 
Si ese antólogo (temerario e inconsciente, depende del caso), tiene a bien contactar con el autor, pedir textos, seleccionarlos, tomarse la molestia de leerlos, admirarlos, y editarlos, lo adecuado es agradecer esa buena acción.
Porque sí, es una buena acción, como cualquier otro gesto de pura filantropía.
Por normal general, ningún antólogo ni editor, con los beneficios de una antología de poesía, o de relatos,  se muda a Miami a una mansión con mayordomo.
Y lo puedo afirmar así, con esta seguridad, porque yo también soy antóloga (temeraria, inconsciente, y lo que es peor, ingenua).
Me embarqué en el follón, en el combate que afirmaba este amigo que mencioné más arriba, y no se me ocurrió otra cosa que creer firmemente que las antologías servían para algo (lo sigo pensando, como también creo firmemente que alguna vez, tendré razón, y que esto de crear una editorial, y hacer libros, de mi bolsillo, tendrá sentido completo, lejos de los sinsabores).
He disfrutado, sin duda, de la sensación de control sobre el texto, sobre el conjunto. Me he emocionado con la buena literatura y los buenos autores.
Y no mentiré: lejos de esperar pingües compensaciones económicas, lo que mi corazón ha esperado, de verdad, lo que he deseado casi dramáticamente, lo confieso, es un gesto, un "tú te acuerdas de mí, pero yo de ti, también".
Soy afortunada, pues los gestos han llegado. Cuento con la amistad incondicional de alguno de los autores, el respeto por mi trabajo, el reconocimiento. Todo lo positivo, me ha pagado con creces el peaje de la temeridad cometida, y ha merecido la pena el riesgo, las horas de trabajo, la inversión (cuando soy yo la que edita).
Pero todos los combates son peligrosos. Y es implícito al "esperar mucho", el sufrir proporcionalmente.
Y ha llegado la tristeza, al observar como algunos autores admirados, a los que incluso  unía una relación de amistad y cariño, se alejan. 
El dolor no está en esa huida, en ese alejamiento inexplicable. El dolor está cuando, justo antes de la despedida, hay cierto desprecio: la ingratitud.
La lógica tiene un camino, o eso me decían siempre de pequeña. Pero ese camino, a veces, solo me sirve a mí. Los demás tienen el suyo propio, y todos pagamos novatadas.
Así que, por mi parte, me tomaré esto de antologar, editar o crear, como actividades completamente altruistas que forman parte de mi aprendizaje personal, de mis propios retos (ojo, un libro no nace de las hierbas, o espontáneamente, y las imprentas cobran, igual que la Agencia del ISBN, los libreros, los distribuidores).
Me remito a los resultados, y la balanza cae por el peso de las satisfacciones. Es mi premio.
Acepto el fracaso (o el éxito que no se ve). Asumo los errores y las torpezas. Y entiendo que a quien quiera alejarse, hay que permitírselo. No se puede forzar nada.
Aunque sea injusto. Aunque duela.

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