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20 de junio de 2014

Mote

Las últimas semanas del curso, para los profesores (y los alumnos) suelen ser más estresantes que ilusionantes. En mi caso personal, en algunos centros, han resultado verdaderamente terroríficas.
Nervios, prisas, papeleo, llantos (por los suspensos), euforia, dolor de estómago, confusión, visión borrosa, caída estrepitosa de la energía, sensación de ir cuesta abajo, sin frenos, inmediatamente después de subir a una altura de vértigo, y más sensaciones extrañas que se alivian, todas de golpe, el treinta de junio. El primer día de descanso suele atacarme la fiebre...
En fin.

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Ahora mismo, mientras tecleo, seis profesores se apelotonan alrededor de un ordenador, donde consultan las notas de la Selectividad del alumnado "nuestro". Los resultados son satisfactorios, mejor que buenos.
Hoy, se felicitan entre ellos.
Mañana, será mérito solo de los alumnos, que ya habrán olvidado a los docentes.
Y en un par de meses una nueva camada en el centro.
Este año no me he visto en esa tesitura, menos mal.
El curso pasado, recibí correos electrónicos privados llenos de emoción y palabras de cariño, además de una caja de bombones y una carta manuscrita. Un alumno, un buen alumno. Y no me refiero a las notas, aunque también.
Los diez años de docencia que ya he cumplido, me han servido para aprender solo una cosa: GRATITUD.
No explicaré el motivo. No hace falta.

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Aunque dedico gran parte de mi vida y mi tiempo a escribir, a leer, a hablar en público (a todo tipo de público), a comunicar, siempre me asalta una gran inseguridad.
Estoy todavía en el principio del trayecto, no hay duda. Y así lo veo y lo siento.
Y esa inseguridad se acrecienta cuando quedan al descubierto los miedos más profundos, y el sentido del ridículo más exagerado vuelve a atenazarme la voluntad, las ganas, el impulso de seguir.
Ayer me ocurrió, aunque aparentemente no le di la más mínima importancia.
Les cuento:
Desde hace mucho intento combatir mi acento, y mi gran dificultad para pronunciar las eses.
Me empeño en ser de Valladolid. Fuerzo la lengua, los dientes, la garganta, solo para parecer que nací en otro sitio diferente.
También, la genética, me obliga a pronunciar de una forma determinada y especial, que puede ser motivo de sorna cuando se busca un motivo de sorna, sea el que sea.
Trabajo muchísimo la dicción. Hago ejercicios, me conciencio, me auto-hipnotizo, me torturo, me castigo.
Pero no hay forma. 
Cuando me traicionan los nervios, sale la "ese" que no es "ese". No ceceo, ni seseo, ni zezeo.
Es un extraño sonido que no es implosivo, ni fricativo, ni bilabial, ni líquido, ni nada.
Es más bien "friquitivo". 
Y claro, los alumnos me escuchan a diario, en mis exposiciones orales más elaboradas y seseadas, y en mis nervios desatados cuando no me dejan dar clase.
La cuestión es que, siendo profesora, o estando a mano del público, soy blanco fácil para la broma, el chiste, y la puñetería.
Claro, todos hemos sido alumnos, todos hemos puesto motes a los profesores. Aquí van algunos ejemplos: "la pollo", "el pelo-oreja", "el triste", "el vamosaver", "la darling", "sor infierno", y un largo etcétera de apodos peyorativos y crueles, muchos, y divertidos e ingeniosos, algunos.
Pues bien, ayer supe que mi mote es "la Mississippi", por mi peculiar forma de pronunciar el nombre de este río, digo yo (y ser una odiosa palabra para mí, con cuatro "eses", nada menos).
Descubrir la fechoría, al principio me dolió. Me dolió muchísimo. Y supuso un varapalo que alimentó mi complejo.
Mi primera intención fue colocarme un esparadrapo en la boca, y no volver a abrirla jamás. Luego, acaricié la idea de arrancarme la lengua y transplantarla, o sustituirla, o yo que sé.
Me hundí, me agobié. No es la primera vez que descubro un mote. Pero este, por lo bien traído, por lo apropiado, por lo certero, es el peor.
Cuando el disgusto se fue diluyendo, lo primero que pensé es que podría haber sido mucho peor, conociendo los malvados apodos de mis compañeros.
A medida que transcurrieron la mañana y los cafés, fui entrando en calor, y acepté, mi mote con orgullo (y satisfacción, por ser el día que era, y por estar hasta la "coronilla" de todo).
Ya lo he aceptado, del todo. Y así soy yo, aunque siempre intento aprender y mejorar. Es mucho mejor aprender a llevar las particularidades de cada uno con alegría, ¿por qué no? 
Y me río, ya sí me río (he tardado poco, solo horas en aceptarme, lo que no está nada mal. Me lo apunto como un triunfo personal).
Llegué a casa, y lo conté. Nos reímos todos.
Y no pasa nada. ¿Qué tendría que pasar? Nada.

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