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18 de junio de 2014

Pesquis

Elsa Punset afirma que las personas pasamos más tiempo mirando una pantalla que mirándonos a los ojos. No ha descubierto América. Solo hay que echar un vistazo alrededor para comprobar que es una verdad como un templo. Una triste verdad. Y no es la primera vez que escribo sobre el tema de la dispersión del alma del ser humano perdido en las tecnologías (estresantes). Qué va, ya me repito cuando demonizo “el progreso” que implican las redes, cual fumadora empedernida que despotrica del tabaco. Es un vicio, como otro cualquiera, el comunicarse continuamente. Y si la convivencia analógica ya es complicada, cómo no va a ser la muerte a pellizcos la convivencia digital.

Un amigo catastrofista y catastrófico, decía el otro día que en las redes comenzará la próxima guerra mundial. No llegará la sangre al río. O sí, habiendo leído hace unos días que una chica mató a una “amiga” que la había borrado de sus contactos de Facebook, a puñalada limpia. Proliferan las noticias escabrosas como esta. Pero bueno, no es tan raro. Las deslealtades, las traiciones, las conjuras (propias de la corte de Enrique VIII, pero más sofisticadas y con emoticonos sangrientos) están a la orden del día, y son propias de nuestra naturaleza. Negarlo es una tontería. Debemos eliminarnos unos a otros. Y bloquearnos. Solo así se mantiene el equilibrio. Ay, el equilibrio. La asertividad. La seguridad. El “saber defenderse”. El hablar lo justo. Y buscar los ojos de los otros, para mirarlos de frente. Y si no es posible: el silencio.
Vale, se me ha visto el plumero, y es que últimamente estoy algo obsesionada con la idea de desarrollar la inteligencia emocional y social. Así que leo cuanto cae en mis manos sobre el tema, pensando que los libros de autoayuda podrán echarme el cable para no darles alegrías a los cretinos, que haberlos haylos, la clave de todo es detectarlos antes de que se acerquen. Reconocerlos a tiempo. Lo que viene siendo, en definitivo, el “tener pesquis” de toda la vida.
Es complicado saber si una persona va por derecho o no, a través de una pantalla. Recuerdo que cuando era pequeña, si le mentía a la monja de turno en el colegio o a mis padres, cruzaba los dedos detrás de la espalda. Ellos no se tragaban mi mentira, por supuesto, porque a pesar de mi cara de cordera degollada, miraban en el fondo de mis ojos, y veían, a través de ellos, no solo mis dedos de mentirosa, sino la malvada intención.
Admiraba el “pesquis” de mis mayores, así que me entrené, para ser como ellos, con muchísimo esfuerzo, a base de heridas y cicatrices. Ahora todo va muy rápido, aunque la mala leche, con perdón, de los seres humanos sigue siendo biológicamente idéntica a la de nuestros antepasados. Por tanto, algo me sirve todo lo sufrido.
Y créanme, hace falta solo un poco de concentración, sentido común, y unas gotitas de puro instinto, para incluso traspasar cualquier pantalla (las táctiles también), y llegar al fondo del alma, y ver que el mundo esconde, seguramente, los dedos cruzados.

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