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17 de junio de 2014

Arrecifes de asfalto

Cada uno debe cargar con sus propias fobias, e intentar superarlas.

La mía es muy antigua, y muy veraniega, y es que cada año, los primeros días de playa al alejarme de la orilla y entrar poco a poco en el mar, me visualizo a mí misma bajo el agua, chapoteando torpemente, ajena al peligro. Entonces, las sombras bajo mis pies de inofensivas algas sobre el fondo arenoso, se me antojan gigantescos escualos hambrientos,  seis millones de dientes que vienen a por mí. Y eso que estos animales me resultan fascinantes.

En esos momentos de terror irracional, tras las señales horarias, oigo nítidamente en la megafonía,  el famoso y cargante leitmotiv musical de John Williams, en mi honor, claro, y todas las imágenes cinematográficas tiburoniles de mi vida, desfilan ante mis ojos, desde el clásico Jaws (Tiburón), o los tiburones mutantes de Deep Blue Sea,  hasta las fotografías macabras de Rodney Fox después del ataque de un gran blanco en 1963, pasando por Piraña (lo sé,  la película de Joe Dante, nada tiene que ver con la de Spielberg, pero bueno, también son dientes afilados y acuáticos almorzando niños en colchonetas hinchables).

Aunque son raros los ataques, alguno hay, y a principios del verano pasado, la noticia de la muerte de una joven en Brasil por ataque de tiburón, incrementó mi agobio, hasta el punto de que si una adorable mojarrita (más le valdría ser una lubina, y bien gorda) tiene a bien rozarme un pie, el pánico es inmediato, y los bañistas que me rodean, ante mi ridícula reacción, desconocen el motivo por el que corro como una descosida hacia tierra firme, con el gesto desencajado. A veces finjo un calambre, o el desafortunado encuentro con un pica-pica, con tal de justificar algún alarido que pueda habérseme escapado. En fin, una escena bochornosa.

A medida que pasan los días de estío y chanclas, y como a la playa hay que ir sí o sí cuando se vive por estos lares, mi temor patológico a las aletas dorsales inesperadas se va diluyendo. Mi amor por el mar también está por encima de todo, y me convenzo de que no hay peligro, de que todo está en mi imaginación.

Cuando por fin llega septiembre, suelo reafirmarme con placer: un año más sin que me coman. Las dos piernas intactas, y todos los dedos. Una batalla ganada a lo desconocido bajo el agua, ese medio donde nos volvemos más torpes y más lentos.  Asusta qué vendrá con la marea, o qué se esconderá en el agua más turbia los días en que el océano se enfada.

Pero parece que ahora el calor nos ha acercado al mar antes de tiempo, y hay muchos más días de verano. Procuraré centrarme en no temerle a los monstruos marinos, ya que, tierra adentro, el olor del propio miedo es mucho más peligroso, y no solo basta con nadar velozmente para esquivar las peores pesadillas.

Los tiburones de dos patas son los que, de una dentellada limpia, cercenan la vida, de una vez. Mueven los hilos invisibles. Y están en la rutina, en las letales corrientes de los arrecifes de asfalto.




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