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9 de junio de 2014

Capítulo de confesiones

Hay veces en que no es suficiente culpar a los demás (ni justo tampoco). Y no es que haya que buscar culpables a la fuerza, no. Aunque resulte terapéutico descargar la responsabilidad de un error en el vecino. Y tampoco se puede "abdicar" ni huir. Ojalá.
Será que (como ya os he contado otras veces) este curso (y los dos anteriores) ha sido catártico.
Malas lenguas, lenguas menos malas y lenguas vacías completamente.
Tropezones, empujones, exceso de entusiasmo exagerado, confianza extrema y una ambición desmedida por estirar las horas del día.
Consejos desoídos de los amigos. Abandono de responsabilidades. El caos absoluto.
Armarios por ordenar. Ropa por planchar. Suciedades que limpiar.
Una vida completamente patas arriba. El amor apuntalado. La amistad bombardeada por la ausencia y teléfonos silenciosos a la fuerza.
Pues sí.
La culpa es solo mía. Y asumirlo me sienta bien. Y destruirme. Y derrumbarme (siempre de forma controlada).
Hay veces en que hay que mirar de frente y reconocerse en las cenizas, para rehacer lo que se pueda.
De momento, hoy ha amanecido. Y eso nunca es poco.

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Él no lo sabe (o quizás sí), pero he leído de nuevo su libro, entero, sin saltarme nada, sosteniendo el corazón, fuertemente, con una mano, para no dejarlo ir.
Y además, el libro, "su libro", lo compré en una librería donde nadie me conoce.
Me ha gustado. Ya lo conocía. Me ha vuelto a gustar. 
En el fondo, una nunca elige a los enemigos.

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Se aproxima un día que marcará mi vida.
Una se enamora de la obra de un autor. Y siente miedo a la duda, al recelo lógico y previo, en las grandes citas, como en las bodas.


3 comentarios:

impersonem dijo...

Asumirse está bien, destruirse no...

El caos ordena la vida según la Ley de causa-efecto; el orden según el efecto de las causas...

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Debe ser un buen libro.
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Debe ser un buen autor.
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Saludos.


Enrique Montiel dijo...

Me alegro que te haya gustado el libro. Otra vez. No creo que ese autor del que hablas sea tu enemigo más que en tu cabeza. Otra cosa es la consecuencia que la torpeza humana tenga sobre la confianza de las personas. Relación causa-efecto, se llama. Por lo demás, seguro que los pelillos llegarán a la mar cuando la mar deje de arrojar algas divididas a la arena de la playa.

Rosario Troncoso Gonzalez dijo...

Llamarte amigo sería genial, Enrique.
Sí. La torpeza humana. Una comete errores. Todos cometemos errores.
Las algas que llegan a la orilla, mejor saltarlas, y seguir caminando, hasta llegar al agua transparente... o la cervecita en Mauro.
Un abrazo, y como te dije por mensaje a ti directamente: enhorabuena por tu éxito. Nunca me ha dado rabia, al revés.
Y nunca te he deseado nada malo.
Al revés.
Y torpes, hay muchos.
Prefiero pensar que son torpes, y que las malas personas no existen.
;-)