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4 de junio de 2014

Amor, adolescentes y lecturas obligatorias

Serán diez años ya desde que comencé a impartir clases en diversos institutos. No sé qué voy a hacer para celebrar el aniversario. Si pudiera, solicitaría una excedencia y me dedicaría a hacer punto de cruz.
No me malinterpreten, sí que amo mi trabajo (aunque antes el amor era incondicional). Pero es que una década es suficiente para tomarle el pulso al sistema, para ver, oir, y claro, callar o no. Depende de los problemas que una quiera buscar (por normal general, en este gremio, es muy fácil encontrarlos).
Cuando me preparaba las oposiciones, visionaba mi futuro profesora de Literatura (vale, y de Lengua Castellana, todo junto, en las mismas sesiones). Soñaba con clases bien organizadas, con el tiempo aprovechado, y alumnos entusiamados con mis explicaciones. De la  maravillosa épica medieval al Romanticismo, el Naturalismo, la Generación del 98, etc.
Imaginaba a los chicos y chicas flipando en colores (perdonen mi tono coloquial) con fantásticos autores como Baroja, Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez. Disfrutando con La Celestina, El Lazarillo de Tormes, Platero y yo, La Regenta...
En mi ensoñación me veía a mí misma como toda una Mrs. Keating en El Club de los Poetas Muertos. Innovaba con los clásicos. Prepararaba magníficas actividades interactivas (sí, esto se convierte en toda una utopía cuando empiezan a fallar los recursos y las aulas TIC brillan por su ausencia), se ponían en marcha debates, puestas en común, tertulias. Sí, y Oz, es un mundo fantástico...
Llegué, de bruces, a la realidad, y me encontré con un panorama muy diferente. Siempre hay excepciones más o menos honrosas, dependiendo del centro y de la añada (sí, la cosecha es importante, y de donde vienen, también, en las casas comienza todo), pero lo cierto es que a los chicos y chicas no les interesa en absoluto la vida de Unamuno, ni se les antoja leer El Árbol de la Ciencia y ni de lejos entienden (ni comparten nada de la realidad del poeta) a Juan Ramón Jiménez.
Son inútiles los intentos de actualizar algunas obras, algunos autores. Es muy difícil competir con todo lo que forma parte de una realidad multimedia en HQ. Hay que asumir los tiempos que vivimos.  Todo esto me chocó al principio, claro. Me deprimió (y me sigue deprimiendo ahora, depende del día). Pero lo cierto es que todo este imaginario de autores, obras, entresijos literarios, me interesan a mí ahora, pero en su momento, a los trece, catorce, quince años, y a pesar de mi tendencia clara, de mi querencia por las letras puras, tampoco entendía mucho a Baroja, ni a Pérez Galdós, ni pillaba la esencia de Rubén Darío en Lo Fatal, y bostezaba sin cesar en el escritorio de casa, estudiando a Juan Ramón Jiménez. Es la pura verdad.
Y es que todo tiene su tiempo, su proceso de cocción y de descubrimiento personal. El amor más grande de la vida, necesita de su gestación. Pero parece que todo esto no se tiene en cuenta a la hora de programar el currículum de los chavales de Secundaria. El sistema falla, ya se sabe. Y hace aguas (ya estamos inundados del todo, prácticamente, y nos ahogamos). En mi opinión, los libros de texto son un latazo supino. Yo misma me aburro preparando las clases. Es lógico perderse entre contenidos deslavazados, dispuestos con desgana. El mensaje subliminal  de "aprender esto porque sí, porque hay que aprenderlo, sin más"es intravenoso, y hace un efecto arrollador y terrible. La desidia no puede combatirse con desidia, y menos aún en los tiempos que corren.
No entraré a comentar qué me parece el Bachillerato (sobretodo  el segundo curso, en el que los docentes nos hemos convertido en profesores de autoescuela, meros preparados de un examen único, mecánico y muy absurdo), pero en lo que respecta a las programaciones didácticas de Lengua Castellana y Literatura de Secundaria, éstas, dejan mucho que desear.
El fomento de la lectura, a pesar de la voluntad que le ponemos, a la heroicidad de mis compañeros de profesión, a las actividades extraescolares divinas para conocer fundaciones, bibliotecas, etc., sigue siendo nulo. Y las quejas de los padres de los alumnos siguen siendo las mismas: "es que mi hijo/a no lee nada". Pues algo estamos haciendo mal. Y cada vez hay más distancia entre el alumnado y su mundo, y nosotros.
Los primeros que debemos estar al día somos los que nos dedicamos a esta difícil tarea de educar, de enseñar, y aprender a mirar alrededor con ojos adolescentes. ¿Qué leeríamos con la edad de nuestros alumnos? ¿Qué le pediríamos a un libro para que le ganara la partida al whatsapp, al tuenti, a los videojuegos?
La estrategia Koreander (el viejo librero creado por Michael Ende en La Historia Interminable, que se deja "robar" el libro elegido, por el inolvidable Bastian) surte efecto todavía, sobretodo en los más jovencitos. Consiste en "prohibir" un libro, pero insistir sobre su título, para grabarlo en la memoria. De seguro (y doy fe) algunos caen, y van justo a por ese libro que yo jamás les recomendaría. Misión cumplida.
Los adolescentes son rebeldes, y ahora, son rebeldes con muchos más medios de los que podemos imaginar, pero en esencia no se diferencian mucho de nosotros en la época en que todo era una aventura, una sorpresa. El reto está en practicar la empatía, a fondo, más allá de las seis horas lectivas, cada mañana, más allá de exámenes (de la eficacia de los mismos hablaré otro día), y métodos ridículamente obsoletos (y que seguimos practicando).
Por eso considero un error la política de las "lecturas obligatorias", por ejmplo.  Nunca funcionan. Y si hay trauma, el alejamiento de las obras propuestas, de los autores seleccionados, es irreversible y definitivo.

Para llegar a amar la lectura (y a los clásicos, ¿por qué no?), hay que tener rodaje y estar preparados. Y el amor es pasión, impulso, arrebato, y no se puede programar ni forzar.

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