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24 de agosto de 2014

El toque

Pensé que nadie se había percatado de mi huida hacia el interior de mí misma, a pesar del exhibicionismo aparente. 
Pero sí, hay personas que me ven irme, y me ven "no estar", y observan como me escondo.
Eso es algo que me inquieta. Nadie está a salvo, del Gran Hermano ni de Google.

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Ayer me dieron un toque.
No fue en Facebook, ni en el móvil, ni a través de ningún malvado dispositivo virtual. 
Ayer me dieron un toque, pero de atención, una pequeña bronca dulce, unas cuarenta bien cantadas, la sinceridad más salvaje me devoró (además de los mosquitos, pero éstos son traicioneros y ladrones).
Alguien bueno se me acercó, de esos "álguienes buenos" casi extintos.
Algo que había escrito yo, en este rincón solitario y engañoso, había herido a personas, meses atrás.
Una, que es bastante impulsiva, a veces usa este papel de mentira para verter aquello que le sobra, aquello que nadie debería ver, aquello que quizás, debería callarse para no dejar las vísceras a la vista.
La percepción de un momento concreto, la frialdad de dentro, o de fuera. La nula empatía por mi parte en esa ocasión. Las palabras que se entienden mal, o los sonidos que llegan distorsionados.
Un dolor aquí compartido. Un dolor que creí íntimo, pero que aquí se propagó, sin intención de ello, de célula en célula, invadiéndolo todo, en silencio.
Y yo no lo sabía.
Y por eso ayer me dieron un toque.
Para que no lo vuelva a hacer.
Y es así como me gustan las personas, y los abrazos, y la amistad. 
Se agradece que a una la pongan en su sitio, y que me den la oportunidad de resarcirme, de seguir, de pedir disculpas si es necesario, de hablar con los ojos, de ordenar los cajones de la existencia.
Avanzar. Reconocerse. Verlo todo más claro.
A esa persona, valiente: gracias.


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