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1 de octubre de 2014

El deshielo


Esta no era la idea que tenía acerca de sentirse ligera, como una hoja.
Ligera, pero frágil.
En efecto, una hoja caída, a merced de la corriente.
Una vez estuvo en un poema: "temo que desde fuera, nadie oiga mis gritos".
Es la misma sensación.
Arrastrada, golpeada, perdida en el barro, entre los cascotes de un pasado cercano, en el  que aún creía en los árboles, en las ramas.
Ahora ya no hay nada, de lo de antes, que me sostenga en tierra.
Nada.
Solo el recuerdo. E incluso ese recuerdo, es una temeridad.
Nada de lo de antes me sirve.
Mientras todo, quedan ya muy lejos los márgenes del río, y la marea empuja mar adentro.
Mejor respirar. Seguir. Poner en hora el despertador. Quitar algo de plancha.

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Un abrazo súbito. Una sonrisa inesperada. Un gesto cómplice.
Y el deshielo.

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Siempre he tenido pájaros en la cabeza.
Hace unos años, salían a volar.
Ahora los cojo, los meto en la lavadora, los tiendo y les plancho los dobladillos de las alas. Luego, al que sobrevive, le hago la cena y procuro acostarlo temprano.
Nunca pensé que la rutina fuera tormenta, ni que la lluvia más suave pudiera abrir fosas abisales en mi dormitorio.

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El éxito. La gloria. El triunfo.
Son tus manos. Solo tus manos.
El resto es el mundo y sus ojos desconocidos.

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Abuso de la primera persona.
Pero es que es una grosería desnudar mi vida en otros cuerpos.

1 comentario:

Belén Núñez dijo...

Rosario, lo que me sale cada vez que te leo es que eres una superviviente. A menudo me recuerdas a alguien...