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22 de octubre de 2014

Zona de confort

Me van ustedes a perdonar, pero soy una escéptica.
Vale, no es nada nuevo. Pero es que del ateísmo y el mal humor de Dios, ya ha hablado el que todo lo sabe, o sea, Stephen Hawking, así que poco puedo decir, y ya que me ha pisado el tema, hablaré de otro tipo de fe: los libros de autoayuda, el coaching espiritual y todo lo que huela a “obtenga la felicidad absoluta en cuatro días, y sin esfuerzo”. 

Confieso que en los momentos bajos, en las crisis personales y en las incógnitas existenciales, he acudido a algún que otro título de estos pseudoensayos milagrosos, buscando alguna respuesta, cuando darle la brasa a mis amigos o exhibir mis miserias en Facebook no me han dado resultado. Pero qué va, por mucho que buscaba la fotografía del especímen puteante (con perdón) entre las páginas del bestseller de Bernardo Stamateas, “Gente Tóxica”, solo he encontrado definiciones genéricas, descripciones vagas que no me han servido para elaborar una estrategia o urdir el plan para el crimen perfecto de mencionado especímen cabronías. “Cómo cargarse a ese/a (completar este espacio con el calificativo insultante que se prefiera) y ser feliz, y que no te trinquen”, sería el libro de autoayuda perfecto, ya que, por normal general, los problemas tienen su origen en la gente, sí, por mucho que el coach o “profesional” de la felicidad y el desarrollo personal, diga que no, que está en la mente. Qué va. Es la gente la que hace puñeta. Y punto.

Como me gusta documentarme en todos los aspectos de mi vida (tengo esa manía, hablar de aquello que realmente he experimentado), me sé muchas palabrejas, conceptos, terapias y comecocos varios. Algo que aprendí hace unos años es aquello de la “zona de confort”. Al principio pensé que se trataba de algo bueno, porque estar en un lugar agradable, tener una vida confortable, tiene connotaciones positivas, digo yo. 

Pero pronto, leyendo libros, y artículos de Paulo Coelho (quién me habrá mandado a mí), descubro que no, que el sentirse a gusto con los amigos que se tienen, viviendo donde se vive, trabajando en lo que se trabaja, con el cónyuge que se elige (a pesar de que no yo no creo tampoco en la monogamia vitalicia), con los hijos que te tocan (aunque a veces den ganas de enviarlos a un internado de alta seguridad para que no se escapen), y aceptándose uno como es, en cuerpo y alma, es lo peor de lo peor. Sí. Ahora me entenderán. Resulta que hay que salir de la zona de confort, y buscar aventuras para expandirla. Vivir el riesgo de emprender, conocer muchas personas nuevas, liarse la manta a la cabeza y apuntarse al gimnasio. Ser valientes y no volver a probar el jamón, abrazando el estilo de vida vegano, por ejemplo.

 Sí, tener una parcelita pequeña por “zona de confort”, es atontarse, tocar techo, no buscar otras metas más allá de ir al Mercadona en familia. Así que bueno, he intentado expandir mi zona de confort, yo soy muy novelera. He intentado hacer cosas nuevas, emprenderlo todo, conocer a todo el mundo y planear viajes exóticos para grabar documentales que vender a la tele para que me saquen en “andaluzas expansivas por el mundo”. Me ha durado la expansión-dilatación de la membrana (sí, los coachers o como se llamen, afirman que una vez que se sale de lo fácil, se amplían los límites, y la zona de confort se amplía, de forma elástica, como una membrana...). Lo malo es que cuando se tensa mucho la membrana, y vuelve a su lugar, y en el camino, encuentra mi cara. El zurriagazo está asegurado. Y duele, oigan. Así que yo creo que no soy muy membranosa, qué quieren que les diga. De momento, no quiero expandirme más. Bajan  mis defensas: a más gente que conozco, más posibilidades de tener altos niveles de toxicidad (sí, también existen las personas normales, e incluso las personas confortables, pero son pocas, es la realidad). 

Me pueden llamar bruta, con poco espíritu, con poco movimiento, con miras cegatas. Vale. Pero es que resulta, mientras no me demuestren lo contrario, que el confort engancha, sobre todo en el sofá, el gintonic y las series de HBO. De momento, no me apetece emprender, ni buscar, ni experimentar. Lo dejo para otra racha. Prefiero las aventuras confortables de mi casa. Mañana, será otro día.

Léelo en Jerezania.com

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