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15 de enero de 2015

De vuelta

El silencio de estas últimas semanas me ha sentado bien.
La cuestión es que la mordaza ha sido auto-impuesta. Una cura de humildad, a lo mejor. Miedo, a lo peor.
Pero de nuevo, sin cantar victoria todavía, van fluyéndome las ganas.


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Ayer me asusté en el instituto.
Un chaval de primer curso de la ESO, inquieto, alocado e inconsciente, jugaba con el resto de amigos al pie de las escaleras de acceso a las aulas.
Subía yo, cargada de libros y cuadernos, como siempre.
Él avanzó violentamente sobre mí, e hizo el amago de arrojarme escaleras abajo.
Perdí el equilibrio un segundo. Él solo "jugaba". 
Mi corazón reaccionó, latiendo a gritos. Fui a beber un poco de agua. Pero sigo asustada, o cansada. Ya no sé distinguir una sensación de otra.
No es que algunos alumnos no sepan comportarse en clase, no sepan vivir, no sepan adaptarse. 
No es que el sistema esté deteriorándose, todos los días.
No es que yo sea partidaria de que vuelvan las tarimas a las aulas.
No es que yo sea demasiado conservadora al desear que los chicos nos premien con interés, con complicidad, con respeto y admiración. Como cuando la alumna era yo.
Y no hace tanto tiempo de eso.
Los profesionales somos los mismos, con la misma voluntad, con la misma formación (o superior que antaño).
Ayer me asusté en el instituto. Pero el incidente me sirvió para descubrir que no estoy tan sola, y que hay dolor, sí, pero es más el calor entre los compañeros.

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Yo no soy Charlie Hebdo. Yo habría tenido miedo. Yo no habría provocado. 
No soy tan fuerte. Ni tan valiente. 
No soy temeraria.
Me falta talento.
Yo no habría podido ser Charlie Hebdo, aunque haya compartido el cartelito en Faceboook. 
Es lo malo. No lo soy. Como muchos que dicen que sí, pero no. Que dicen que están, pero no. Que afirman que no, pero sí. Hipócritas.
Yo no soy Charlie Hebdo. Pero tú, tampoco.

De vuelta. Feliz 2015.

1 comentario:

Cobacho dijo...

Como le he dicho hoy a un amigo, la gente se han subido raudos al carro de Charlie Hebdo, algunos con la total convicción de la defensa de la libertad de expresión y otros con el oportunismo que les caracteriza, o simplemente impulsados por lo atroz del suceso; pero lo cierto es que estoy seguro, segurísimo, de que más de la mitad de los "Charlies" que pululan por ahí se echarían las manos a la cabeza con las portadas de estos irreverentes humoristas gráficos, e incluso algunos dirían, con boca pequeña, eso sí, eso de: se lo tenían merecido. Eso sin contar a los desvergonzados políticos que levantan pancartas por la libertad de expresión en París con la mano izquierda, mientras con la derecha envían a periodistas a la cárcel o mueven la batuta de la represión policial contra fotógrafos en manifestaciones.

Sin embargo yo, amante y seguidor de revistas homólogas (Eljueves, Mongolia, Orgullo y satisfacción) y de su humor, no soy Charlie, ni lo he pretendido ser nunca con el mantra francés tan repetido esta última semana "Je suis Charlie".

Y bueno, no sigo más, que me estoy extendiendo demasiado.

Ánimo con esos gamberros.