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4 de marzo de 2015

El síndrome del "para qué"

La lluvia. El viento desde dentro.
Un temporal de pronto y las hojas arrastradas por la corriente, de mis manos al río. Un río rojo que Helena colorea con rotuladores.
Y días amarillos. Y noches frías, menos azules que antes, cuando soñaba noches azules, y había mar, en algún lugar que yo intuía, lejos, pero vivo.

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Me dices que tengo la expresión triste, los ojos tristes, en la fotografía.
Pero recuerdo ese momento, de paseo matinal y ovejas, como una escena sacada de una película antigua que no he visto aún. Y amiga, me dices que parezco triste. Y quizás deseaba yo algo distinto, y menos silencio, y otras fotografías y días de sol.
No sé si parezco triste, en algunas fotografías. No sé si realmente parezco algo, en algunas fotografías. Son instantes fugaces, que ya no están, o que nunca estuvieron, como sueños pequeños, que se olvidan, pero agarran un instante solo, en el vientre, y dejan su hueco, y su sombra.

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Ahora solo quiero ser mejor. Antes también. Pero es hoy cuando me he dado cuenta. A lo mejor él tiene un poco la culpa. Hay un detonante, seguro.
Ahora solo quiero ser mejor. Y estar menos.
He sido muchas personas, he emprendido muchos viajes, he dicho, aún más de lo debido.
Y he aprendido a caminar, desde cero, demasiadas veces para contarlas.
Siempre había fuerza, en algún recóndito lugar del estómago, del sexo o la masa gris viscosa donde danzan ideas, algunas etéreas, otras, resina pegajosa, adheridas a los pensamientos, constantes.
Siempre había un motivo que protegía, a modo de coraza, mi voluntad del temido síndrome del "para qué".
Pero se han debido abrir fisuras, grietas. Telarañas. Y a veces soy una casa  derrumbada, para derribarse.


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La pasada noche soñé que los cimientos de papel son los más sólidos.

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