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24 de marzo de 2015

Las bocas entreabiertas de las modelos

Vale. Confieso que de vez en cuando, debajo de mis libros muy sesudos, aparecen otras "lecturas", como el catálogo de Ikea y revistas como el Cosmopolitan (que también es un catálogo de moda y productos cosméticos, y de lectura, poco).
Ambas publicaciones me provocan ansiedad. Pero tengo un punto masoquista bastante acusado, y es precisamente cuando estoy convaleciente, deprimida, despeinada y ojerosa, que acudo a ellas, es el extraño momento que elijo para estudiarme las tendencias en maquillaje, en zapatos carísimos, y aprender toda la teoría de los mil orgasmos que me estoy perdiendo, y los testimonios de las cosmogirls narrando sus experiencias sexuales más inverosímiles (ay, pobres redactoras, o redactores, qué de pamplinas están obligados a inventar).
Pero sin duda, lo que más me inquieta y me llama la atención, ya no es la escualidez enfermiza, ni las miradas lampantes por unas lentejas con chorizo de las modelos. Lo que me causa terror y hasta pesadillas, son sus bocas entreabiertas.
Fíjense, fíjense. 
Todas con expresión exacta. La postura encorbada, y la boca, mostrando dientes, pero lejos de esbozar una sonrisa, ni siquiera la más frágil.
Ante el espejo, imito la expresión. Y doy un paso atrás, asustada en un respingo.
Por un momento he visto a la muerte.

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No está bien quejarse en estos lugares tan públicos, aunque funcionen como un diario, aunque ciertamente sea un diario abierto. No está bien dar la brasa a los que pasan por aquí, ávidos quizás de leer algo con un poco de interés.
Pero hay momentos en que no hay más remedio que permitir que eso, tan personal, salga y se largue.
Llevo cuatro años justos de mala salud.

De profesión, soy más "bajista" que profesora. Y créanme, no me gusta, me hace sufrir, me deja la nómina maltrecha, provoca problemas en la convivencia con mis compañeros (no todos, solo con los que son poco empáticos y menos comprensivos) y un atroz sentimiento de culpabilidad. La culpa punzante. Como hacer rabona sin haber roto un plato, con fiebre y arrastrando el cuerpo.

Jamás he dejado de ir a trabajar por pereza, ni jamás he pedido esos permisos que se piden sin remuneración para hacer cursos, ir de viaje, documentarse para una novela. Tampoco puedo pedirlos, porque estoy viviendo los peores cursos de mi vida.
Son los años en que soy madre. Y soy feliz con ella. Inmensamente feliz. Pero tampoco. aún, excepto en verano, he podido disfrutarla un mes seguido sin padecer algún tipo de dolencia.
Comparto mi personal "lista de la compra": dos bronquitis seguidas, crisis asmáticas, varias faringitis (de lo más común), dos gripes monumentales, neumonía, varicela, aborto, conjuntivitis vírica, algunos virus de esos de veinticuatro horas, y alguna calamidad que se me escapa, seguro.
Imagino que todo tiene que ver con las defensas.
Y no. No sé defenderme.

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Será que cada impulso que me empeño en estrangular, germina dentro, y me envenena.
Al otro lado de la ventana, mirándome bajo la lluvia, una sombra en el asfalto.
Como si fuera Londres. Como si hubiera retratos monstruosos de lo que somos. Como si de verdad nuestro vecino fuera Dorian Grey.

1 comentario:

Ove I. Moore dijo...

El tiempo de los Dorian Greys y yo tan Mr. Hyde.