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2 de mayo de 2016

La cáscara de un barco viejo

Estoy desarrollando una aversión un tanto extraña: a hablar por teléfono.
Antes, adoraba estar horas y horas, conversando sobre cualquier tema. Ahora, me causa desesperación una charla demasiado larga. No sé cómo escabullirme. No veo el momento de colgar.
Y hay algunas personas que dilatan esa espera. Hablan y hablan, sin parar, y se me agotan las excusas.
Últimamente, prefiero escribir. El correo electrónico. O unos ojos enfrente. Y un café.
Sí. Estoy desarrollando manías nuevas. O quizás es que busco desesperadamente un caparazón, o la cáscara de un barco viejo, para esconder mi sombra.


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He vuelto a nuestra playa.
Todavía no es verano, pero se intuye, en el olor del mar, que todo comienza de nuevo.
Los días que vienen serán distintos. Y lo fueron, también, los días primeros de calor, el año pasado.
Vuelvo a nuestra playa con ella, pequeña y milagrosa. Logro disipar el miedo a los fantasmas, sonriéndole, cuando saluda desde la orilla.
Sus juegos alegres son sobre las huellas nuestras. Es mi alegría, y crece ajena a tanto desconsuelo.


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Habitada de nuevo, me late el futuro dentro.
Hay miedo al dolor. Al dolor que tú puedas sentir, pequeño.
Quisiera ocultarte, y que el tiempo pasara de largo.
Hacerte inmune a las heridas, al terrible frío en el desvalimiento. Que seas indiferente ante la ausencia de Dios.
Y protegerte, como ahora, en líquido amor, de los golpes, del ruido, del mundo que despedaza.
Alejarte, entre mis brazos, de la noche inevitable.



1 comentario:

Manuel Gago Fornells dijo...

Aunque no puedo y me duele andar por la arena seca, y en la mojada dejo una huella distinta de cada pie, pro mi andar a destiempo. Me encantaría pasear contigo aunque sea "tartamudo en zancadas"

Er Chuchy