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15 de enero de 2014

Punzada y viejos amigos

Es más fácil. Es muy fácil.
Tan solo has de rozarme un poco con tu vida.
Ese calambre, al encontrarnos, merece la pena.

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Hoy tengo treinta años menos.
Este rejuvenecimiento súbito no se debe a ninguna crema milagrosa para combatir todos los efectos del tiempo y sus tempestades al mismo tiempo.
De hecho, mis arrugas están donde estaban ayer, incipientes, alevosas, e incluso, magníficas.
Tengo treinta años menos porque he vuelto a ser una niña pequeña ante una fotografía de cumpleaños.
Un cumpleaños al que no me han invitado.
Ha sido extraño volver a sentir la punzada infantil en el estómago. E incluso, divertido.
No soy de madera, todavía, ni estoy en una caja hermética. Las cosas más tontas, me afectan.
Le doy la vuelta al asunto, para ver el lado positivo (debo autogenerar serotonina para devolverle el color a mi entorno), y pienso, que en el fondo, son necesarias estas tontas rabietas para sentirme viva.
Y huelen las muñecas como antes.
 
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He soñado con viejos amigos a los que hace mucho que no veo.
He sentido el impulso de llamarlos, o enviarles un mensaje, pero me he contenido.
Mejor soñar con ellos, que no tener nada que contarles.
 
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Un viejo conocido me comenta que no ha leído nunca nada mío, porque no le gusta la poesía.
Pienso que es ingrato, por conocerme, desde hace tanto, y no haberme mirado nunca a los ojos.

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