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26 de febrero de 2014

Romperse

Creer o no creer en la homeopatía. Esa es la cuestión. Pero no es cuestión de fe. Si se indaga, si se conoce, si se aprende un poco sobre el concepto, se averiguarán muchas cosas interesantes, aspectos de un tipo de medicina (sí, es medicina), diferente. 
Personalmente, siempre he creído, e incluso, de más jovencita, consiguieron estos remedios infinitesimales aliviarme de mi pertinaz alergia asmática, empeñada en montar una fiesta ruidosa en mi pecho cada noche.
Lo malo es que para que ver resultados, hay que tener paciencia, pues son a largo plazo.
A ver si en mí, obran de nuevo el milagro.

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Yo no soy nadie para ser atea. ¿Quién me creo yo que soy para negar a Dios? Me faltaría valor, además, para elegir la soledad, el dolor y la intemperie. Mi ángel de la guarda me mira desde los pies de la cama.
Es hermoso. Me ama. Dejo que se acerque, y lo acurruco en mi pecho.

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Completamente rota. Ya me ha ocurrido otras veces. Volar. Caer. Volver a volar. Volver a caer.
Lo que yo no sabía es que las caídas tan seguidas hacen que también el cuerpo enferme.
Y se abren los poros a los enemigos más pequeños y letales: los virus.
Nací inteligente. No lo digo yo. Me lo dice siempre mi madre, que me adora, y que no es nada objetiva.
Pero no nací emocionalmente preparada para el mundo hostil. Nadie nace preparado.
A algunos, nos cuesta mucho más crear defensas. Y tardamos más.
No somos víctimas. Solo, un poco más lentos.


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A veces en la vida lo más complicado es saber gestionar la desilusión.

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