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31 de marzo de 2014

Frentes abiertos

Los errores se pagan. Es una de las pocas certezas grandes que tenemos. Y cada error tiene un precio que va variando, oscilando, dependiendo si se trata de un agravio, una ofensa, una mala elección, exceso de ingenuidad o un pecado de gilipollez suma.
Sigue doliendo. Sigue hiriendo y abriéndome la carne, para ver si sangro.
Pero no me sangran las heridas nuevas. Me sangra lo que ya está enquistada.
No soy víctima de nada. Más bien culpable, por tener, como se dice en Cádiz, tan poca "pesqui".
En fin.
Y sigue. Y seguirá. Hasta que su cuerpo le haga sombra.
Tendré que prepararme. Pero conmigo no puede, ni podrá. Y es un alivio.


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Me dice una amiga que tengo muchos frentes abiertos.
Pero lo cierto es que apenas salgo de casa. No sé por dónde me da el viento. Tampoco soy tonta. O a lo mejor sí. Tonta redomada. Hablamos todos en los mentideros, pero a algunos, nos tienen más ganas.
Se referirá a mi frente despejada, últimamente, porque en casa me cubro con un pañuelo, para que no tener el cabello en la cara.

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El dolor está. 
El dolor es. 
No hay analgesia posible cuando no sé sabe localizar el verdadero origen.


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