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4 de abril de 2014

No reconocerlos a tiempo

Amaneció ayer lloviendo a mares. Pero avanzó la vida hacia el sol, en los márgenes del día.
Esta ciclotimia de la primavera. El llanto a escondidas. Los valores inversos.
La claridad y la lucidez, justo cuando ya no queda tiempo.

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Lo peor no es que haya cretinos.
Lo peor es no reconocerlos a tiempo.

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Todos recibimos, en un momento u otro, alguna cura de humildad. No todas las personas que las reciben saben aceptarlas, verlas como un privilegio, como aprendizaje. Pero son valiosas. Hay que leer entre líneas. (Sí, leer, siempre leer. La clave de todo.)
Por ejemplo, mejor que le puede ocurrir a un escritor, por ejemplo (hago referencia a ellos porque junto al de profesor, es el oficio o gremio que mejor conozco), es que cuando pierde la perspectiva de lo que realmente importa, llegue, sin previo aviso, un revés, una bofetada, una sala vacía, un plantón de los lectores, una crítica (des)constructiva, una devolución de la librería a la editorial, un complot, un motín,...
Son indicadores de que se pierde el tiempo en saraos, en una sociedad gravemente gris, enferma, con exceso de hipocresía y carente de literatura.
Los palmeros, los pelotas, la gente vampíricamente burda,... va a estar siempre. A cualquier hora. En cualquier sitio. Mejor mantenerse a salvo, ser transparentes.
El tratamiento es simple y reconfortante: es necesario replegarse. Las letras, el trabajo, el silencio, el diálogo pausado con la rutina y las musas (alguna hay siempre). 
Volver a lo puro. A la intimidad. A explorar el universo interior, y desechar contaminantes. 

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Recogí a mi hija de la guardería. En su idioma, me contaba que una amiguita le pegó. Que otro amiguito le quitó los juguetes. Que un grupo de niños no querían jugar con ella.
Mi hija, a punto de cumplir los tres años, me habla de su perplejidad ante la actitud de las personas, pequeñas, como ella. No entiende que un día sí, y otro no, haya cariño. Que la amistad, y los besos, sean intermitentes. No entiende la crueldad.
Al llegar al coche, la puse en su sillita, y conduje hasta casa. Cantamos.
No se dio cuenta de que mamá lloraba.





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