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9 de abril de 2014

Después de la niebla

Estar en el buen camino es caer en la cuenta, de pronto, de que nada de lo propio sirve para nada. De que el aplauso es un ruido molesto.
Mejor el silencio, la contemplación.
A veces, descansan los ojos en la más completa oscuridad.
No hay interferencias.
Si llega la luz, mejor que sea poco a poco, y distinguir, como naciendo, poco a poco los colores. 
La nitidez, justo después de la niebla.

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Mis obsesiones son monstruos acechantes bajo la cama, hambrientos de mis tobillos, agazapados, esperando para atacarme cuando me levanto en plena noche en busca de un vaso de agua.
Amanece y logro vencerlos, yacen sus cadáveres por todo el parqué,  y mi mente es un papel en blanco, completamente virgen.
Dura poco, el tiempo del café rápido antes de salir de casa.
Y vuelvo a verlos, sí, a los monstruos, en el coche, en el asiento de atrás, a través del retrovisor, de camino al trabajo.

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Leo a Roger Wolfe. Su misoginia me hiere, y me provoca.
Yo también quiero escribir, más allá de mi condición, más allá de mi sexo. 
También me cuelga algo de la existencia, el alma, ese apéndice inútil que él atribuye a los hombres, no a las mujeres (nos da otras atribuciones, otros instrumentos, sobre todo entre las piernas).

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Intercambio correos electrónicos dolorosos con un amigo, que dejó de serlo hace mucho tiempo.
Afirma que me quiere. Confiesa que guarda para mí cariño infinito. Jura que sabe de mi limpieza de corazón. Promete que su amistad es oculta, pero eterna.
En público me negará, más de tres veces, y quizás envíe a alguien para besarme.

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Dos días de verano súbito, y se ha desvanecido el miedo al frío.
Parece que lo peor ha pasado.
Dije lo mismo, en abril del año pasado.

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