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12 de abril de 2014

Inteligencia emocional y otras cosas imposibles


Acabo de terminar un máster del universo en inteligencia emocional, cuyas prácticas consisten en ponerse a tiro y ser blanco fácil. He aprobado con poca nota y muchas cicatrices, como era de esperar.

Uno de los módulos consiste en aprender a ser muy malvada y adelantarse a los movimientos perversos del otro. Te enseñan a olfatear la mala baba, y a tener cara de mármol. También te entregan al entrar (y al salir) un tarro de aceite de oliva del bueno, para que nos rociemos unos a otros con él, y así, todo resbale.

En la carpeta de material y bibliografía que nos dieron al principio, no podían faltar, por supuesto, un ejemplar de “Gente Tóxica” de Bernardo Stamateas y otro de “Los Malos del Cuento” de Espido Freire. También había libros de poesía, muestras gratuitas de Prozac y botellines de vodka.

Lo más intenso del proceso formativo acaba de pasar, con varios ejercicios prácticos con profesionales de las malas artes, que, oigan, lo hacían tan bien, que parecían moverse en su medio natural.

Mi coach personal me ha entrenado a fondo, exponiéndome a difamaciones de todo tipo, a traiciones y a profundas decepciones (el resto del equipo educativo, observaba mis reacciones detrás de un cristal).

Tendría que haberme aplicado un poco más, pero aparte de poco inteligente emocionalmente, soy bastante perezosa, y me salté algunas clases, en las que seguro se impartió algo importante porque si no, no me explico la perplejidad que, después de haberme gastado un dineral en este curso, sigo sintiendo ante situaciones inesperadas con gente inesperada. A ver si puedo hacer el segundo curso, de ampliación…

Antes de matricularme, estudié a fondo cuales eran los requisitos. La lista era larga. Pero me identifiqué rápidamente con uno de los perfiles (todos curiosísimos): la cariñosa. Hay varios grados, y aunque se pueda pensar lo contrario, no son positivos.

Encajaba en el perfil. Sí, en el grado profundo. Seguro, ya que me confieso enamoradiza.  Soy una enferma del amor. Pero no me refiero al amor que ustedes están pensando (aunque también). Soy más bien “entusiasmadiza”. Me ocurre siempre. Si conozco a una persona con la que creo conectar, me enamoro al instante.

Es una dolencia intermitente. Va por rachas. En unas proliferan los romances. En otras, la sequía es total. Aunque es en esas épocas de sequía cuando más fervientemente predispuesta estoy a buscar amoríos y entusiasmos por todos los rincones. Hay quien diría que es novelería. Pero lo cierto es que siempre que me enamoro, procuro que esa ilusión sea una inversión a largo plazo, y no se esfume con una levantera a la primera de cambio.

También es cierto que no suelo abandonar a los amigos más viejos, ni tampoco, a los más valiosos, pero ajados, pretendo empeñarlos, para adquirir tiempo para los nuevos. Ni mucho menos. Yo los quiero a todos. Es un estrés añadido: procuro hacer sitio a cada uno, sin orden ni jerarquía, en mis vitrinas interiores, para que estén a gusto. Es una extraña patología esta, la de coleccionar sentimientos, y abrazos, y recuerdos compartidos, y energía cariñosa.

Lo malo es que todo el mundo no sufre de lo mismo. Ni todos quieren que se les quiera. También hay gente que padece odio crónico. Están alrededor. Y tienen alguna grieta por donde se cuela un poco de amor. Es ese reflejo lo que a veces se ve y atrae, porque es algo distinto, luz, en mitad de lo gris. Lo peor es descubrir que duelen, si ya los quieres. Ellos son bastante infelices. Y también necesitan mi máster.
Aunque les seré aún más sincera: como me pasa siempre en los másteres que voy haciendo por ahí (cada uno se gasta las perras en lo que quiere), no he aprendido nada en absoluto. Y sé que seguiré sufriendo cuando alguien, enfermo de odio o no, envidioso, con grave picor en los dobladillos, o carajote simplemente, me haga una putada.


Así que bueno, le haré caso a mi madre que siempre me aconseja bien: procuraré seleccionar aunque suponga un gran esfuerzo (como quitarse de cualquier vicio), filtrar, practicar el “no” más a menudo, hacer caso al instinto, que este no se equivoca, y por encima de todo, dejar sitio para el aire. Para sobrevivir, mejor huir de los apretones.

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