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2 de junio de 2014

Tetas

Aunque tengo claras mis ideas, no me gusta ser radical con respecto a nada. ¿Para qué? A lo mejor es por inseguridad, pero creo que el margen de error es amplio cuando se radicaliza a sangre y fuego sobre un tema,  y es más sano abrirse a otras opiniones, otras visiones y aprender. Por tanto no soy de ningún grupo, ni de ningún color, ni “pro” nada. Soy persona y soy mujer. Ya es demasiada carga de trabajo

Pero claro, no soy radical, pero tampoco infalible, y por muy “zen” que quiera una ser,  hay actitudes y circunstancias que provocan una rabia incontenible, (sí, esa clase de rabia que alimenta impulsos como para salir con pancarta, y desnuda, a la calle), y es todo aquello que atenta contra la libertad, entendida ésta como amplio concepto, en el que caben las personas, más allá de su sexo. Así que últimamente me siento herida y cabreada, y ustedes me comprenderán, porque sean o no radicales, son testigos conmigo de estos tiempos tan raros donde se está convirtiendo en costumbre ir “legalmente” en contra de los derechos fundamentales. 

Las barbaridades contempladas en los siniestros planes del Gobierno que atentan contra la libertad de decidir de las personas, de las mujeres, en este caso, demuestran que vivimos en un mundo de claroscuros pronunciados, con más oscuros que claros, a estas alturas. Alienta que haya movimiento, marchas, protestas multitudinarias, ríos de tinta sobre el tema, siempre a favor del derecho a decidir y a dejar que las mujeres seamos dueñas de nuestro cuerpo.

A este punto es al que quería llegar: ¿realmente, en el siglo XXI, somos las mujeres dueñas de nuestro cuerpo? Yo creo que no, que aún no, y que si cerramos los ojos, nos concentramos y nos palpamos la espalda, las manos, los brazos, las piernas, el vientre... notaremos los hilos, que llevan a una cruceta invisible y unas manos sutiles que nos manejan, aún, como muñecas. 

Muñecas bonitas, jóvenes eternamente. Muñecas delgadas. Placenteras y sumisas muñecas. Muñecas que paren. Muñecas que deben llevar el peso del guiñol completo, sobre los hombros. Muñecas con tetas.

Y me refiero a las tetas (emplearé este término, en lugar de pechos, pues me gusta más y me parece mucho más fuerte y primitivo, que no vulgar)  como poderosísimo símbolo de poder que la mayoría de las mujeres no sabemos usar, y que convertimos en un arma arrojadiza entre nosotras mismas, dando tiempo suficiente a los depredadores (en este caso, políticos y sociales) para acercarse, y nos devoren el tiempo y el espacio ganado,  mientras estamos inmersas en estúpidos enfrentamientos.

El otro día, una buena amiga me incluyó en un grupo de Facebook donde se debatía si una famosa daría el pecho o no a su bebé. El tema del debate, en sí, ya me pareció absurdo. Pero el alcance de lo que allí se discutía era mayor de lo que me temía. Intervine poco, solo diciendo cuál fue mi decisión en su momento. En seguida, surgieron reproches a favor de una u otra postura: amamantar sí, amamantar no. 

En mi opinión, se trata, igual que de tener o no hijos, de una decisión tan íntima y personal, que el discutir sobre ello no me parece lógico, pero no porque me sienta por encima del bien y del mal, sino porque a nadie le interesa lo que yo hago con mi vida, mis hijos, mis tetas.

La libertad también está en las tetas. Nosotras debemos decidir sobre nuestro cuerpo, y las tetas forman parte de él,  y tenemos la opción de, en circunstancias favorables, alimentar a nuestros retoños con leche materna. Pero si una mujer decide, por el motivo que sea, no amamantar, ¿por qué ha de ser lapidada? Me consta que son demasiados los prejuicios, los comentarios destructivos (muchas veces de la propia familia), de presiones hacia una postura u otra, y ambas son respetables, bajo mi punto de vista.

Proclamar que se está a favor de teta sí o teta no, de forma radical, me parece ridículo. Es algo que forma parte de la intimidad. La cuestión, es que somos nosotras las que creamos malestar, y engendramos traumas que no deberían ser viables, en una sociedad que está equipada, afortunadamente, para amamantar (pezoneras, sacaleches, cojines para mejorar la postura, sujetadores preciosos para sentirse como Sara Carbonero, etc.) y para no amamantar (estupendas leches artificiales con todos los nutrientes). Si tenemos, aparentemente libertad, ¿por qué nos empeñamos en quedarnos encerradas en el cuarto de la plancha? En fin.

La polémica de los biberones como enemigos de las buenas madres, es mucho más profundo, porque no estamos hablando solamente de alimentación infantil, sino de vínculos, amor maternal, y autoestima, que es justo donde siempre flaqueamos, históricamente, las mujeres, y seguimos flaqueando.

Tendríamos que aprender a tener claro dónde estamos, qué queremos, y decidir, en la intimidad, luchar con hechos contundentes, con respeto y desde la verdad, sin ruido y con argumentos de lógica aplastante.

Aunque si no somos conscientes de nuestra naturaleza y nuestra libertad, y no capaces de ponernos de acuerdo entre nosotras, ¿cómo podremos unirnos para luchar por algún fin común? Lo veo complicado. Son esas fisuras por donde se cuela el viento frío que nos empuja muchos pasos hacia atrás.

Publicado en Diario Bahía de Cádiz el 3 de Febrero de 2014. 
PuD

1 comentario:

Belén Núñez dijo...

Totalmente de acuerdo. Bastante tenemos con el techo de cristal que nos ha puesto la historia para que entre nosotras sí haya fisuras.