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10 de junio de 2015

ESCOMBROS

(…) La humanidad acabará pereciendo un día como consecuencia, si no de otra cosa, de su perverso afán de contemplar en vivo y en directo el espectáculo de su propio fin”,
Roger Wolfe
Leí el otro día una muy jugosa entrevista al genial físico y teórico del Big Bang,  Andrei Linde.  En ella afirmaba que en unos cinco mil años morirá el Sol, pero que la humanidad ya habrá perecido antes, y de una forma mucho más violenta: nos habremos liquidado unos a otros, y el cataclismo final, cuando llegue,  solo encontrará escombros. Yo solo discrepo con Linde en la fecha aproximada del “fin del mundo”. No falta tanto.
Ya hay escombros, por todas partes, y en ellos se mezclan los cascotes y los huesos de un país hecho añicos, de un mundo que se desmorona. Lo peor, es que ya nos estamos acostumbrando a ir de casa al trabajo (el que lo tenga) sorteando las ruinas, las grietas por donde caen el sentido común, la solidaridad, y los valores básicos que nos han traído hasta aquí. 
Los pedazos se van acumulando, en montículos de basura que tapan ya las calles, y llegarán, más pronto que tarde, a impedir que desde aquí, se siga divisando el mar. Pero parece que queremos verlos como algo propio del paisaje. O a lo mejor, no hemos reparado en el panorama tenemos antes nuestras narices, a no ser que alguien cuelgue una foto objetiva e hiriente en cualquiera de las pantallas a las que hemos adherido los ojos.
Acostumbrarse a la podredumbre no es buena señal. Ni la indolencia. Ni ignorar que los huesos que yacen bajo toneladas de tierra sucia pertenecieron a alguien. Es lo que realmente da miedo, más que cualquier hecatombe universal.
Da miedo atravesar una cola interminable de personas esperando sus cupones de comida. Aterra saber que solo unos pocos luchan de verdad por la libertad, de una forma u otra, como movidos por una extraña fuerza que hemos olvidado.
Da miedo que en un televisor de cualquier bar, de fondo, retransmitan un estúpido programa sobre casas de lujo, y a la misma hora, en otro canal, haya un padre y una madre que parezcan “ilusionados” por constatar que unos huesos aparecidos en este o aquel lugar inmundo, sean por fin los restos de su hija. Y la gente desayunando, y la lluvia fuera, y el autobús en la parada. Pero la vida (¿la vida?), sigue. Lo que es de verdad aterrador es que sean precisamente los huesos de una niña, o de dos niños, los que estén en alguna parte, antes de tiempo. Da miedo. Mucho más miedo que ver apagarse al Sol.
Y que sigamos jugando con cacharros nucleares, frivolizando sobre lo humano y lo divino, permitiéndonos odiar más de lo debido, y dejándonos gobernar por incapaces capaces de todo.
Da miedo aceptar que ya hemos empezado a caminar como zombies, y que pronto dejaremos de sentir cómo crujen bajo nuestro pies, los escombros y los huesos, nuestros propios huesos.

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