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2 de julio de 2015

Hoguera

Un sueño puede durar una semana, o dos. O para siempre.
Pero tanto tiempo inmóvil, en la misma postura, entumece el cuerpo y los sentidos.
Y en una semana pueden destruirse los cimientos más sólidos. Y cegarnos la vida, por completo.
No hay razón, no hay lógica. 
Solo el onírico abrazo, el deseo más puro surgiendo de un mundo abisal que duerme en todos nosotros.
Al regresar, ya nada es igual. Todo ardió sin remedio. La hoguera del tiempo. El fuego interior, donde se calcinan las mentiras, lentamente.
Se hará el intento de cuidar al máximo las prendas, al salir al mundo. Ropa limpia, zapatos impecables.
Pero siempre, sobre los hombros, queda algún resto de cenizas.

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Yo quería que vinieras para morir contigo.

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Incluso escribir, había dejado de interesarme. Incluso ser como soy. Estar donde estoy. Conocer a las personas que conozco.
Todo me había parecido absurdo. Una tontería. Ridículas pretensiones. Ínfulas ridículas de quien no es nadie, ni nada.
Alguien que solo pasa el tiempo, de la mejor manera que sabe. Que gasta su vida sin ti.

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Ahora temo que a ella también le ocurra. Que conozca a un ser de otro mundo distinto. Y ame la diferencia. Temo. Porque no quiero que sufra, ni que amar la deshabite de sí misma, ni que sienta el dolor ni el frío. 
Temo que ella se enamore de un modo tan real, que no pueda ya volver a todo lo que es mentira, y, la mantiene en equilibrio.
Temo que lleguen, y la toquen. Que descubra la música que hay en su alma, y que no debe oírse demasiado pronto. Solo en el momento de la muerte.
Temo que ella una día lo sepa. 
No quiero que se parezca a mí.

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