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10 de abril de 2016

Piedras

También los días de sol, son engañosos.
Se aleja, como el temporal, la sombra de tus días. Tu perfil. El dolor también se desdibuja, pues se alimenta del frío, y todos sus grises.
Vuelve el azul, y aclara mis ojos. Despeja el camino, también, al menos, durante unas horas.

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Contempla la silueta a su lado, en penumbra. Él es un cuerpo muerto. De piedra. Yace, indolente y lejos. Él es el amor. Pero no se atreve ya a tocarlo. Como si hubiera agotado todas los comienzos posibles, y aquel deseo niño que vibraba cuando no había espacio, ni aire, ni años que dividieran.

Ni siquiera roza su piel, a escasos centímetros. Ella no duerme, y la cama no es grande. Herida, y muy pequeña, lucha por permanecer inmóvil, al borde del abismo. La sima profunda que ahora, sin remedio, rodea el lugar que ocupan. Nada es, nada ha sido, ni será ya, vida.
Los recuerdos se han roto.
El olor de los días de antes, atesorado en las manos, no está.

Hace veinte minutos, él dentro, y encima. Y el deshielo derramado entre los muslos todo lo corrompe. Se disipa la niebla, y a duras penas, el dolor se escurre con ella hasta la ducha, sórdida, de sórdido hostal (el mismo que una vez, fue divertido, e incluso tierno: la complicidad).

El agua arrastra lo que queda del sueño, y de sus ojos, que ya no son un motivo para respirar.

Sobre la piel, el mismo vestido de anoche, no tiene ya ningún color.

Ella, recoge sus cosas a oscuras. Cierra la puerta. Regresa a su vida.

Limpia, consciente, y vacía.

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No quiero certezas, ni razones contundentes, ni argumentos de peso, ni demostraciones empíricas de la realidad más pragmática.
Solo quiero que responda Dios. Y que traiga el afecto necesario a este mundo, tan lleno de piedras.


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